miércoles, 30 de octubre de 2019

Los orígenes de la torre de Navarro y los canteros de Gerena


Uno de los edificios más emblemáticos del casco urbano de Tomares es el mirador de la Torre de Navarro, porque si bien las torres miradores en el alfoz sevillano se cuentan por decenas, las características de esta torre la hacen única en Andalucía.

Construida en 1763 por el conde de Lebrija y marqués de Montefuerte como una torre de contrapeso típica de todas las almazaras de la época, su singular mirador dotado de triples arcos árabes en forma de sintagma almohade1, constituida por dos arcos menores en diámetro colocados a cada lado de otro de mayor calibre solo se halla en los edificios construídos en la época andalusí especialmente en Granada.

Su particular fisonomía sirvió de modelo para los arquitectos regionalistas que construyeron edificios neomudéjares a principios del siglo XX coincidiendo con la Exposición Iberoamericana de 1929. Curiosamente este ejemplar único no se recoge en el catálogo de obras de arte de la «Guía artística de Sevilla y su provincia» de Alfredo J. Morales, editada por la Diputación de Sevilla en 1981.


Pues bien, presumiblemente, unos años antes de su construcción, en 1755, el terremoto de Lisboa, que causó la destrucción del 6,5% de las viviendas de Sevilla y daños graves en otro 89,4%, entre los que hay que destacar 105 iglesias, conventos, hospitales y ermitas2, fuera el causante del desmoronamiento de la torre fortificada de probable origen almohade, similar a la del cortijo de Quintos, que figura perfilada en el plano de Obando de 1628, y que dañara con su caída la iglesia parroquial y la antigua hacienda de Montefuerte. Este hecho sería el causante de las obras de reconstrucción del molino de aceite en 1762.

La construcción de una almazara exigía una importante inversión en bienes inmuebles, cuya pieza clave era la torre de contrapeso, donde se insertaba y apoyaba una enorme viga de más de quince metros de largo, que debía soportar el efecto de palanca cuando la pesada estructura de madera presionaba los capachos con el cargo de pasta de aceitunas sobre la solera3 y la nave donde se desarrollaba la labor de prensado y almacenado del aceite.


Pero además de las construcciones industriales se exigía una fuerte inversión en maquinaria, especialmente en piedras de molino y labores de cantería para asegurar el anclaje de la compleja instalación de prensado y conducción del aceite a los depósitos de decantación.

Esa instalación de cantería la realizó Agustín Bueno, maestro cantero de Gerena, a lo largo del mes de agosto de 1762. A tal fin, consta un contrato de fecha 9 de marzo de aquel año, suscrito entre el citado maestro y el conde de Lebrija en el que se valoran los materiales y la instalación de la piedra principal del molino, el alquerque, el alfarje, el peso, las bambas, los cantos de las vírgenes y las guiaderas y las conducciones a los azarcones en un importe total de cinco mil trescientos reales.

El referido contrato figura en el Archivo de Protocolos de Sevilla y su contenido íntegro se recoge en las páginas 77 y siguientes de la obra «Fuentes para la historia del arte andaluz. Tomo XIV. Noticias de Arquitectura (1761-1780)» del profesor Francisco Ollero Lobato.




1 «La Sevilla de los miradores» Joaquín González Moreno. Pág. 47. Sevilla. 2004.

2 «Catálogo nacional de riesgos geológicos» Instituto Tecnológico Geominero de España. Pag. 118. IGME, 1988.

3 «Las haciendas agrícolas del entorno de Sevilla y su valor artístico e histórico» Pedro Sánchez Núñez. Temas de Estética y Arte. Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría. Número 30, año 2016. Pág. 213.

domingo, 13 de octubre de 2019

Del recibimiento que hizo Sevilla a la Católica Real Majestad del Rey don Felipe II Nuestro Señor, en 1570.


Coincidiendo con el final de la guerra de las Alpujarras contra los moriscos sublevados de Granada, el rey Felipe II realizó una visita histórica a la ciudad de Sevilla en el mes de mayo de 1570. Los fastos fueron impresionantes.


 A tal fin, Juan de Mal Lara, poeta, dramaturgo y humanista del renacimiento, escribió una obra titulada «Recebimiento que hizo la muy noble y muy leal Ciudad de Seuilla, a la C.R.M. del Rey D. Phelipe» que describía la grandiosidad de la multitudinaria acogida de la que, en aquellas fechas, era la ciudad más importante de Europa.

Las murallas hispalenses se decoraron, a su paso, con grandes lienzos en los que se representaban figuras y versos alegóricos de los treinta y cuatro pueblos más importantes de la jurisdicción de Sevilla que por aquella época se extendía por las actuales provincias de Huelva y Sevilla. 

A continuación se transcribe el lienzo correspondiente a Tomares que está recogido en la citada obra. 




Tomares

Está enfrente, a la parte del río, Tomares, un hombre anciano con un sayo azul y su sobrerropa morada, y en ambas manos un monte con sus casas. Declara la jurisdicción que tiene sobre algunos pueblos a la redonda, San Juan de Alfarache, la calle de Castilleja, Camas, una fuente que tiene muy buena.




Atque ego nequaquam minimus sum e pinguibus aruis,
Quae Cereri, Baccho, Palladi sacra ferunt
Et mihi sunt populi, qui non parere recusent,
Omnia sed pedibus Rex meus, apta tuis.









«Cuantis que yo no soy el menor en los gruesos campos, que sacrifican a Ceres, Baco y Palas, y aun también tengo unos pueblos, que no rehúsan de obedecerme. Pero, Rey mío, todo ello es bueno para poner debajo tus pies».


Señor, olio, vino y pan
no menos que en otra parte
aquí el cielo lo reparte,
y fruta y flores nos dan
el ingenio, industria y arte.
Y a vuestro servicio estoy,
por señor de otros tenido;
con esto todo os convido,
y a eso vine aquí hoy.
Sed, de aceptarlo, servido.



Bibliografía.





viernes, 11 de octubre de 2019

De lo que aconteció a los vecinos de la calle Real de Castilleja de la Cuesta cuando fueron comprados como vasallos por el Conde-Duque de Olivares separándolos del término de Tomares, de su mitación y del arzobispado de Sevilla.



Tenemos que remontarnos a la época de la conquista de Sevilla y del posterior repartimiento del botín de guerra en 1253 para comprender por qué la calle Real de Castilleja de la Cuesta se mantuvo durante cerca de cuatrocientos años formando parte del término de Tomares.

Ya hemos dicho en otra ocasión que, en la época en que Alfonso X realizó el reparto, los castellanos estaban en guerra con el reino musulmán de Niebla, por eso era fundamental mantener aseguradas las comunicaciones con Sanlúcar la Mayor y Aznalcázar que eran las fortalezas que custodiaban la defensa del Aljarafe. Por ello se aseguró que el recorrido de los caminos que conducían desde Sevilla a dichas fortalezas estuvieran bajo la jurisdicción real. Así pasó con la calzada que llevaba a Aznalcázar a través de la Mascareta y Zaudín y también con el camino que conducía a Sanlúcar a través de Camas y Cazalla Talaçana (Castilleja de la Cuesta). Pero había un problema. La jurisdicción del territorio de Cazalla Talaçana, a la que llamaremos «el Señorío» le fue adjudicada a Rodrigo Alfonso1 quien la cambiaría en 1267 con la Orden de Santiago como parte del pago por los servicios prestados en la conquista de la ciudad.

La solución fue facilísima: «Yo te entrego la jurisdicción del territorio donde se asienta el donadío, —se supone que le diría el rey a don Rodrigo Alfonso— pero la alquería en sí y el camino que lo atraviesa es de jurisdicción real a través de su adscripción a la ciudad de Sevilla».

La repoblación de la zona se realiza sobre todo en los períodos 1327-1338 y 1367-1381 de forma que a finales del siglo XIV todo el Aljarafe ya había sido repoblado.2 salvo el Señorío que no se puebla hasta el siglo XV.

De esa manera, cuando el cabildo sevillano decidió organizar los territorios aljarafeños de su jurisdicción, incluyó a la calle Real en la mitación de San Juan, cuya cabeza de término era Tomares mientras que el territorio quedó sujeto a la jurisdicción señorial de la Orden de Santiago.

La separación política de las dos partes del núcleo de población se la tomaron muy en serio sus habitantes; hasta tal punto que los bautismos y casamientos de los vecinos de la calle Real se celebraban en la iglesia de Tomares2 en vez de ir a la iglesia de Santiago que la tenían a unos cuantos pasos. Solo a partir de 1616, cuando se constituyó como parroquia la iglesia de la Concepción, dejaron de acudir a Tomares.

La calle Real también tenía sus propios alcaldes de la Santa Hermandad3 dependientes de los alcaldes ordinarios de Tomares por lo que nos imaginamos que los conflictos de jurisdicción con sus homónimos del Señorío serían constantes como lo demuestran los continuos pleitos que surgían por este motivo con otras jurisdicciones.4

Los enormes gastos y los apuros financieros que pasaba la hacienda real en tiempos de Carlos I, le obligaron a nacionalizar parte de los territorios de jurisdicción de las Órdenes militares, con el objeto de vender los vasallos al mejor postor. Así que en 1539 le vende la jurisdicción del Señorío por 3.477.800 maravedíes al I Conde de Olivares, don Pedro de Guzmán5. El conde intentó también hincar el diente a la calle Real, que era territorio de realengo pero pinchó en hueso porque el concejo de la ciudad de Sevilla se lo negó rotundamente.

Pueden imaginarse a ese aristócrata, muy pagado de sí mismo, soberbio y arrogante, sufriendo la humillación de la ciudad de Sevilla. Esa afrenta, esa mancha indeleble, pasó a sus herederos y el tercer conde, su nieto, don Gaspar de Guzmán que se ganó la confianza de Felipe IV, poco tiempo después de ser nombrado valido, logró por fin satisfacer esa ofensa.

El cargo de valido era similar al puesto que ocupa actualmente el Presidente del Gobierno. Su poder era tan omnipotente que se podía permitir el lujo, actuando por medio de organismos controlados por él, de comprar poniéndole el precio cualquier propiedad real. Y a ver quién le tosía. El concejo de Sevilla, que con tanto poder se opuso a su abuelo, se la tuvo que envainar y no digamos los vasallos. El Conde-Duque compró en 1626 la jurisdicción de la calle Real por el módico precio de 16.000 maravedíes por cada vecino. Se estimaron que vivían setenta y ocho vecinos y medios (267 habitantes) lo que importaba un total de 1.256.000 maravedíes. 
 

— ¿Y qué fue lo que compró?

Compró el «señorío, vasallaje, justicia, jurisdicción, pudiendo levantar horca, picota, cuchillo, cárcel, cepo, azote y demás insignias de la jurisdicción» y de propina le sustrajo al término de Tomares el territorio que comprendía ¼ de legua a la redonda a contar desde la calle Real, que con las medidas actuales supondrían en torno a 140 hectáreas, es decir, las barriadas de Nueva Sevilla, Valdovina, El Faro, hasta llegar a Ikea, pasando por el cementerio y el polígono industrial.

— ¿Y cómo se lo tomaron los vasallos?

La unión jurisdiccional no ocasionó en Castilleja sino una unidad meramente artificial… de ahí que cada parte del pueblo (como no podían hacerlo políticamente), se siguiese identificando por encima de todo a través de sus parroquias y por extensión por las respectivas hermandades...”6

Noventa años después de la anexión de la calle Real, la parroquia de la Concepción seguía perteneciendo al arzobispado de Sevilla a través de Tomares, negándose los vecinos a someterse a la jurisdicción eclesiástica de la abadía de Olivares. En 1719 se logra, por fin, agregarla a la abadía, pero todavía en 1755 los frailes del convento de San Juan, cuyos sacerdotes habían actuado como párrocos de la iglesia de la Concepción, seguían pleiteando, con el apoyo de los vecinos de la calle Real, para que la parroquia volviera a la jurisdicción del arzobispo de Sevilla. Los pleitos siguieron sucediéndose una y otra vez a lo largo del siglo XIX.

Con el transcurso de las generaciones se fue desvaneciendo de la memoria histórica de los habitantes el origen político de las diferencias entre la calle Real y el Señorío, pero perduran con extraordinaria fuerza «el pique» entre las hermandades, único cauce para exteriorizar sus propias diferencias.


Un símbolo importante de esas diferencias son los escudos de las respectivas hermandades. En el escudo de la hermandad de la Calle Real, timbrado con la corona real, figura en un óvalo las armas del reino de España, vanagloriándose de su origen como territorio de realengo y en el otro la cruz de Malta, atributo de la Mitación de San Juan que comparte con los escudos heráldicos de Tomares y San Juan de Aznalfarache mientras que en el escudo de la hermandad de la Plaza resalta la cruz de Santiago, reivindicando su origen en esa Orden de caballería.




Referencias:



1 La repoblación de la zona de Sevilla durante el siglo XIV. Pag. 72. Número 28 de Anales de la Universidad Hispalense Publicaciones de la Universidad de Sevilla: Serie Filosofía y Letras. Manuel González Jiménez. Universidad de Sevilla, 2001

2 Las Hermandades de Castilleja de la Cuesta. Pag. 182. Encarnación Aguilar Criado. Ayuntamiento de Sevilla. 1983.

3 El Aljarafe sevillano durante el antiguo régimen: un estudio de su evolución socio económica en los siglos XVI, XVII y XVIII. Pag. 68. Antonio Herrera García. Excma. Diputación Provincial de Sevilla, 1980

4 Portugalete un barrio diferenciado en la Sevilla del Conde-Duque. Pag. 5. Juan José Antequera Luengo. 2009.

5 Ver nota 4.

6 Ver nota 3. Pag. 185.

jueves, 10 de octubre de 2019

Donde se trata de la curiosa elección de los miembros que componían el cabildo del Ayuntamiento de Tomares y de su mitación, desde la Edad Media hasta principios de la Edad Contemporánea.


Ya hemos contado en otros artículos cómo las alquerías musulmanas de Tomar, Sobuerba, Duchuelas, Lobanina (Valdovina), Zaudín, Cazalla Talaçana (la calle Real de Castilleja), Alhadín (el valle de San Juan) y Camas, entre otras, fueron entregadas por el rey Alfonso X de Castilla, llamado «el Sabio» en 1253 a la ciudad de Sevilla.
También nos hemos referido a que tras la expulsión de los mudéjares después de la sangrienta sublevación de 1264 y los continuos ataques de los Benimerines, estas pequeñas aldeas permanecieron deshabitadas hasta mediado el siglo XIV y que con mucho esfuerzo se fueron repoblando.
A partir del siglo XV se crea la mitación de San Juan donde se incluyen las alquerías anteriormente citadas, y se designa como capital municipal a la villa de Tomares.
Nuestros antepasados castellanos se organizaron como lo hacían en su lugar de origen, así que constituyeron los cabildos de los Ayuntamientos con dos alcaldes ordinarios, un alguacil, un mayordomo, los regidores que fueron cambiando en número con el tiempo y asistidos en sus reuniones por un escribano. Estos oficios, salvo el de escribano, no eran remunerados y generalmente se renovaban todos los años y debían ser aprobados por el cabildo de Sevilla a la que pertenecían.
Al principio, se elegían entre los vecinos contribuyentes o pecheros más acaudalados, llamados capitulares. Los jornaleros y los que tenían menos patrimonio no eran capitulares y por lo tanto no podían ser designados miembros del cabildo de la villa.
En 1479, en tiempos de Isabel I de Castilla, llamada «la Católica» la consorte de los conocidos como «Reyes Católicos», un asistente de la ciudad de Sevilla, Diego de Merlo, aprobó, en nombre de la reina, unas nuevas ordenanzas para la elección de los oficiales de los municipios de su jurisdicción que perduraron hasta que la mitación fue troceada y dividida por el ínclito Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares.
A partir de las ordenanzas de 1479, el cabildo de la mitación se componía de dos alcaldes ordinarios, un alguacil, un mayordomo y seis regidores.
Como nuestros abuelos de Castilla podían ser brutos pero no tontos, sabían que las elecciones mediante voto daban lugar a continuas riñas, pendencias, y quejas entre distintos bandos o facciones, así que idearon un sistema de elección mediante sorteo. Algo así como la lotería primitiva.
En principio, a cualquier contribuyente masculino de la mitación, pobre o rico, le podía tocar la rifa y ser, por lo tanto, designado como miembro del cabildo municipal..
¿Quiénes realizaban el sorteo, los niños de San Ildefonso?
Casi, casi…
Los componentes del cabildo saliente, meses antes del sorteo, designaban a seis diputados. Dos pertenecientes al censo de los más ricos, dos integrantes del censo de los más pobres y dos del grupo intermedio. Entre estos seis elaboraban una lista o rueda con veinte nombres.
Llegado el día de San Juan Bautista, el 24 de junio, se reunían en el atrio de la parroquia de Nuestra Señora de Belén todos los vecinos de la mitación.
El escribano en una mesa, escribía el nombre de cada uno de los vecinos designados en la lista en un papel, hacía una bola con él y lo introducía en un bonete, que era el gorro que todos usaban en aquella época. Así hasta veinte papelitos.
Invitaban a un niño de los que estaba por allí para que sacara diez bolitas de papel y se introducían en otro bonete. Las otras eran desechadas. Luego llamaban a otro niño para que de ese otro bonete fuera sacando una por una todas las bolitas.
Los dos primeros que salían eran nombrados alcaldes ordinarios, el tercero: alguacil, el cuarto: mayordomo y los seis últimos eran designados regidores.
El cargo duraba un año y no podían repetir hasta que no hubiesen pasado por el cargo todos los de la rueda.
El follón fue de campeonato. Los alcaldes, no eran lo que son ahora sino muchísimo más importantes porque, además de ser los máximos cargos del consistorio, eran jueces. Es decir, si había un conflicto, ya fuera civil o criminal, quienes juzgaban eran los alcaldes. Pues imagínense a un jornalero, analfabeto en general casi todos lo eran, ricos o pobres metido en esos berenjenales. En lugar de ir a trabajar todos los días en busca del jornal para que pudiera vivir su familia, tenían que estar dedicados a esos menesteres sin cobrar un ochavo. Los asalariados no querían formar parte del Ayuntamiento. Otros oficios, como taberneros o mesoneros, se consideraban indignos y eran excluidos de las ruedas.
Apenas había corrupción porque había poco caudal que manejar, pero si eran sorprendidos robando, la pena era la horca.
Al final pasó lo que pasa siempre. Solo los que tenían tiempo y deseos de aparentar querían ser elegidos miembros del Ayuntamiento. De esa manera, en las listas se incluían a los vecinos que realmente querían serlo y todos contentos.
El cabildo se reunía todos los jueves del año. Si era invierno, dentro de la iglesia; si hacía buen tiempo en el atrio. También en el atrio de la iglesia los alcaldes dictaban sentencia y los condenados a muerte eran ejecutados en la horca instalada en el Cerrillo.
Ya sabemos qué funciones tenían los alcaldes ¿Y el resto de los componentes del Ayuntamiento qué hacían?
El mayordomo se encargaba de administrar los ingresos y los gastos y el alguacil, era el guardia municipal. Los regidores se encargaban de fiscalizar las cuentas del mayordomo y representar a los vecinos en sus peticiones al cabildo. 
 
Además de estos cargos habían otros también muy importantes: Los alcaldes de la Santa Hermandad. Actuaban en pareja, ayudados por los cuadrilleros, que en número variable, se elegían entre el resto de los vecinos de la población. Su cargo duraba seis meses y no podían ser renovados. Al igual que la Guardia Civil, tenían jurisdicción para perseguir los delitos que se producían fuera del núcleo de la villa, pero además eran jueces y juzgaban esos mismos delitos, incluso imponiendo condenas a muerte. Habían alcaldes de la Santa Hermandad no solo en Tomares, sino también en San Juan, El Zaudín, Camas y la calle Real.
Esta situación cambió cuando el Conde-Duque de Olivares compró la jurisdicción de la mitación. Segregó la calle Real de Castilleja de la Cuesta y contra la opinión de sus moradores, pues eran más ricos, la fusionó con el Señorío que era la otra parte del pueblo; lo que ahora se llama «La Plaza». Igualmente separó a Camas y dejó la mitación, que perdió su nombre, con los restantes núcleos: Tomares, San Juan y sus alquerías.
Los alcaldes ordinarios, que representaban al rey, fueron depuestos y nombrado un Teniente Gobernador que se encargaba de representar al nuevo señor y dictar justicia en su nombre. En vez de seis regidores, se nombraron dos regidores añales. Uno que representaba a Tomares y el otro a San Juan.
Y así siguió gobernándose el pueblo hasta que la Constitución de 1812 abolió los señoríos y en 1833 se crearon los nuevos Ayuntamientos.

Bibliografía:
El mundo rural sevillano en el siglo XV. Aljarafe y Ribera.
Mercedes Borrero Fernández.
Sevilla. 1983
Diputación Provincial de Sevilla.
El Aljarafe sevillano en el Antiguo Régimen.
Antonio Herrera García.
Sevilla. 1980
Diputación Provincial de Sevilla.
- Historia, Instituciones, Documentos. nº 38. 2011
"La subordinación política de la Tierra de Sevilla al concejo hispalense en el reinado de Isabel I" pags. 325-360.
José María Navarro Sainz
Universidad de Sevilla, Departamento de Historia Medieval.
 

domingo, 6 de octubre de 2019

En donde se cuenta la extraña leyenda de "La doncella de la fuente de Tomares"






«Había en Sevilla una joven de noble cuna, tan hermosa como un ángel; era su tez pura nieve, negros y ardientes sus ojos, dorado el cabello leve, claveles sus labios rojos, el talle esbelto y el pie breve. Era la mujer más bella de la cristiandad. Fueron muchos los galanes que intentaron sin éxito ganarse su corazón. 

Un día, el joven Hernán, conde ilustre de Tomares, guerrero, poeta y galán, bajó a la capital y conoció a tan bella dama. En un instante los dos cayeron mutuamente enamorados y el romance fructificó en un gentil noviazgo.


Ella, acostumbrada a tantos galanteos, le resultaba aburrido tanto sosiego y dejaba volar su imaginación y se veía cortejada por muchos enamorados a los que a todos rechazaba.


El joven conde, viendo que su amada estaba cada vez más triste, sospechaba de su pena y tan ciego era su amor que a veces los celos se convertían en locura. A ella le fatigaba tanta opresión y su amor hacia él poco a poco se enfriaba.


Un día que fueron de gira con otros jóvenes a sus posesiones de Tomares,
 en el lugar que posteriormente surgió la fuente, arbolado y lejano del pueblo, Hernán se escondió y vio cómo un galán, al lado de su amada, suspiraba de amores por ella.

El conde apareció de repente y le dijo: «¡Qué bien apagaste, traidora, de mi loco amor la llama! ¡Todo murió entre los dos! »


Ella le contestó desdeñosa: «No te dejé, tú me dejas, pero si de mi no te alejas, huiré de ti presurosa.»


El joven al oir sus palabras, fue tal su impresión que cayó al suelo muerto  


Ella corrió apresurada hacia el cuerpo yacente de su amado, comenzó a llorar y era tal el caudal de sus lágrimas que todo su cuerpo se convirtió en agua pura.


Así Dios la castigó por su ligereza y vanidad y desde aquel instante se convirtió en la fuente de Tomares.


Pasaron los días, los meses, los años y los siglos y ella seguía llorando. De día era fuente caudalosa y de noche, cuando nadie la veía, se transformaba de nuevo en dama enamorada, hasta que la aurora llegaba y en fontanal devenía. 


En ciertas noches, la gente del pueblo suelen oir, en la lejanía, los lamentos de la doncella de la fuente quejándose, arrepentida, por la muerte de su amado.»


El otro día, estábamos en la plaza del Ayuntamiento sentados al lado de la fuente. Una amiga que conoce la leyenda nos dijo:

- Estoy segura de que el espectro que sale en la fotografía que se sacó en el programa de televisión es la Doncella de la Fuente, cuya alma en pena vaga por los pasillos del Conde lamentándose desconsolada por el asesinato que cometieron contra ella cuando construyeron el tanque de tormentas.

Yo, mirando los grifos secos de la fuente y el pilar lleno de botellas de plástico y cascos de cerveza le dije:

- Pozí.


Esta leyenda popular inspiró a José Fernández Espino a escribir su extenso poema «La fuente de Tomares – Metamorfosis» publicado en la obra «Colección de poesías selectas» Juan José Bueno. Sevilla. 1861.1






Al pie de la página dejamos el enlace de la página web donde se puede consultar esta obra.




martes, 1 de octubre de 2019

De cómo nació Tomares y su mitación.


Olvídense de los tartesios, turdetanos y romanos. De Híspalis, Itálica y Osset. Os vamos a contar el nacimiento de Tomares tal como hoy lo conocemos.
El caso es que cuando Fernando III de León y Castilla llamado «el Santo» conquistó Sevilla en 1248, también tomó para la cristiandad toda la comarca del Aljarafe. El hombre murió poco tiempo después.
El rey difunto había contraído una gran cantidad de compromisos con las tropas de mercenarios que conquistaron la ciudad, así que cuando su hijo, Alfonso X, lo sucedió en el trono no tuvo más remedio que cumplir con las obligaciones contraídas por su padre y se dedicó a repartir el botín entre todos los combatientes. El repartimiento de los trofeos de guerra se hizo en el año 1253 y en esa fecha los castellanos estaban en plena guerra contra el rey moro de Niebla y, para no provocar un levantamiento de los habitantes del Aljarafe, permit que todos los mudéjares que vivían en la comarca permanecieran en ella, y la dividió en cuatro distritos militares: Aznalcázar, Sanlúcar la Mayor, Tejada y Aznalfarache.
La jurisdicción no la propiedad, que se repartió entre muchos de Lobanina (Valdovina), Duchuelas, Zaudín, y Tomar fue adjudicada a la ciudad de Sevilla e indirectamente al rey.1
La defensa y el señorío del castillo de Aznalfarache se la encomendó a la Orden de San Juan de Jerusalén y le añad la aldea de Alhadín que estaba al lado.
Tomar, habitada como las demás alquerías por mudéjares, era un territorio de realengo otro día os explicaré qué es eso de realengo y se la incluyó en el distrito militar de Aznalfarache.
Terminada la guerra ya no había que tener mucho miramiento con los mudéjares y, como de costumbre, comenzaron a hacerle la vida imposible. El caso es que dos años después, los habitantes musulmanes del Aljarafe se alzaron en armas contra los castellanos en una rebelión que se extendió por toda la Andalucía conquistada y tras dos años de lucha sangrienta fueron derrotados y expulsados de sus tierras, de manera que el Aljarafe y por lo tanto las aldeas de Alhadín, Lobanina, Duchuelas, Zaudín y Tomar, entre otras, quedaron prácticamente deshabitadas.
Para colmo unos años después, entre 1275 y 1277 aparecieron los Benimerines, un pueblo fanático del desierto, que arrasaron la comarca a sangre y fuego, llevándose como esclavos a los pocos habitantes que quedaban2.

La Orden de San Juan, que más tarde la llamarían Orden de Malta, cuyo castillo de Aznalfarache había sido tomado y destruido en 1275 por los Benimerines, decidió abandonar el señorío, devolvió al rey la fortaleza y el pueblo anejo3 y se largó con viento fresco. Había permanecido en el castillo menos de cincuenta años. Lo único que dejó en herencia fue el nombre del pueblo y el castillo, que a partir de entonces se llamaron San Juan en vez de Alhadín y la dos cruces de Malta que figuran en el escudo de Tomares, que no sabemos a cuento de qué se las pusieron setecientos años después los políticos de turno.
Hasta bien entrado el siglo XIV, después de la derrota de los Benimerines, no comenzaron a llegar nuevos colonos para repoblar estas tierras. ¿De dónde venían? No lo sabemos. Seguramente de la capital, como sucedió en otros sitios. No hay constancia escrita. Lo cierto es que en algunos lugares la repoblación tuvo mas éxito que en otros, de manera que Tomar, que ahora se llamaba Tomares, era la aldea de los alrededores que más vecinos tenía y el cabildo de Sevilla, a la que pertenecía la comarca, decidió que había que crear un municipio que abarcara toda la cornisa que domina la ciudad a la que llamó la Mitación de San Juan no por el pueblo, que eran cuatro gatos, sino por el castillo y que la sede de su Ayuntamiento estuviera en Tomares, la aldea un poco más poblada. 
Ya tenemos constituida la mitación de San Juan, con sus dos alcaldes ordinarios, el alguacil, el mayordomo y los regidores en el concejo de Tomares. El territorio de la mitación se componía de los actuales términos de Camas, Tomares, San Juan de Aznalfarache, la parte septentrional de Mairena del Aljarafe y la mitad meridional del término de Castilleja de la Cuesta, incluida su calle Real. En aquella época estaban también habitadas las aldeas de Sobuerba, Duchuelas y Zaudín.4
Os dejo un solo dato. El de 1485 es el primer censo en el que figura la mitación de San Juan. La totalidad del municipio tenía: ¡¡64 vecinos!!5 o lo que es lo mismo, en torno a doscientos cincuenta habitantes. Repetimos, en el territorio que actualmente alberga una población cercana a cien mil personas, en la época del descubrimiento de América contaba con doscientas cincuenta almas. Un dato para bajarnos los humos.



1 «Anales eclesiásticos de la Muy Noble y Muy Leal de Sevilla. Diego Ortiz de Zúñiga. 1795 Pag. 189».
2El Aljarafe Sevillano durante el antiguo régimen. Antonio Herrera García. Diputación Provincial de Sevilla. 1980. Pag. 35,
3Historia de San Juan de Aznalfarache. Daniel Pineda Novo. Ayuntamiento de San Juan de Aznalfarache. 1980. Pag. 85.
4El mundo rural sevillano en el siglo XV. Aljarafe y Ribera. Mercedes Borrero Fernández. Sevilla. 1983. Diputación Provincial de Sevilla. Pag. 181
5El mundo rural sevillano en el siglo XV. Aljarafe y Ribera. Mercedes Borrero Fernández. Sevilla. 1983. Diputación Provincial de Sevilla. Cuadro n.º 1. “Cifras vecinales de los padrones del Aljarafe-Ribera”.

De cuando la prensa de Madrid calificaba a los tomareños de «bárbaros, cafres y beduinos».

  Hoy nos desplazamos al reinado de Isabel II, la tataranbuela del rey Juan Carlos I, concretamente al año 1845; Ram ón María Narváez, apoda...