Ya hemos contado en otros
artículos cómo las alquerías musulmanas de Tomar, Sobuerba,
Duchuelas, Lobanina (Valdovina), Zaudín, Cazalla Talaçana (la calle
Real de Castilleja), Alhadín (el valle de San Juan) y Camas, entre
otras, fueron entregadas por el rey Alfonso X de Castilla, llamado
«el Sabio» en 1253 a la ciudad de Sevilla.
También
nos hemos referido a que tras la expulsión de los mudéjares después
de la sangrienta sublevación de 1264 y los continuos ataques de los
Benimerines, estas pequeñas aldeas permanecieron deshabitadas hasta
mediado el siglo XIV y que con mucho esfuerzo se fueron repoblando.
A
partir del siglo XV se crea la mitación de San Juan donde se
incluyen las alquerías anteriormente citadas, y se designa como
capital municipal a la villa de Tomares.
Nuestros
antepasados castellanos se organizaron como lo hacían en su lugar de
origen, así que constituyeron los cabildos de los Ayuntamientos con
dos alcaldes ordinarios, un alguacil, un mayordomo, los regidores que
fueron cambiando en número con el tiempo y asistidos en sus
reuniones por un escribano. Estos oficios, salvo el de escribano, no
eran remunerados y generalmente se renovaban todos los años y debían
ser aprobados por el cabildo de Sevilla a la que pertenecían.
Al
principio, se elegían entre los vecinos contribuyentes o pecheros
más acaudalados, llamados capitulares. Los jornaleros y los que
tenían menos patrimonio no eran capitulares y por lo tanto no podían
ser designados miembros del cabildo de la villa.
En
1479, en tiempos de Isabel I de Castilla, llamada «la Católica» la consorte de los conocidos como «Reyes Católicos», un
asistente de la ciudad de Sevilla, Diego de Merlo, aprobó, en nombre de la reina, unas
nuevas ordenanzas para la elección de los oficiales de los
municipios de su jurisdicción que perduraron hasta que la mitación
fue troceada y dividida por el ínclito Gaspar de Guzmán,
conde-duque de Olivares.
A
partir de las ordenanzas de 1479, el cabildo de la mitación se
componía de dos alcaldes ordinarios, un alguacil, un mayordomo y
seis regidores.
Como
nuestros abuelos de Castilla podían ser brutos pero no tontos,
sabían que las elecciones mediante voto daban lugar a continuas
riñas, pendencias, y quejas entre distintos bandos o facciones, así
que idearon un sistema de elección mediante sorteo. Algo así como
la lotería primitiva.
En
principio, a cualquier contribuyente masculino de la mitación, pobre
o rico, le podía tocar la rifa y ser, por lo tanto, designado como
miembro del cabildo municipal..
— ¿Quiénes
realizaban el sorteo, los niños de San Ildefonso?
— Casi,
casi…
Los
componentes del cabildo saliente, meses antes del sorteo, designaban
a seis diputados. Dos pertenecientes al censo de los más ricos, dos
integrantes del censo de los más pobres y dos del grupo intermedio.
Entre estos seis elaboraban una lista o rueda con veinte nombres.
Llegado
el día de San Juan Bautista, el 24 de junio, se reunían en el atrio
de la parroquia de Nuestra Señora de Belén todos los vecinos de la
mitación.
El
escribano en una mesa, escribía el nombre de cada uno de los vecinos
designados en la lista en un papel, hacía una bola con él y lo
introducía en un bonete, que era el gorro que todos usaban en
aquella época. Así hasta veinte papelitos.
Invitaban
a un niño de los que estaba por allí para que sacara diez bolitas
de papel y se introducían en otro bonete. Las otras eran desechadas.
Luego llamaban a otro niño para que de ese otro bonete fuera sacando
una por una todas las bolitas.
Los
dos primeros que salían eran nombrados alcaldes ordinarios, el
tercero: alguacil, el cuarto: mayordomo y los seis últimos eran
designados regidores.
El
cargo duraba un año y no podían repetir hasta que no hubiesen
pasado por el cargo todos los de la rueda.
El
follón fue de campeonato. Los alcaldes, no eran lo que son ahora
sino muchísimo más importantes porque, además de ser los máximos
cargos del consistorio, eran jueces. Es decir, si había un
conflicto, ya fuera civil o criminal, quienes juzgaban eran los
alcaldes. Pues imagínense a un jornalero, analfabeto —en
general casi todos lo eran, ricos o pobres—
metido en esos berenjenales. En lugar de ir a trabajar todos los días
en busca del jornal para que pudiera vivir su familia, tenían que
estar dedicados a esos menesteres sin cobrar un ochavo. Los
asalariados no querían formar parte del Ayuntamiento. Otros oficios,
como taberneros o mesoneros, se consideraban indignos y eran
excluidos de las ruedas.
Apenas
había corrupción porque había poco caudal que manejar, pero si
eran sorprendidos robando, la pena era la horca.
Al
final pasó lo que pasa siempre. Solo los que tenían tiempo y deseos
de aparentar querían ser elegidos miembros del Ayuntamiento. De esa
manera, en las listas se incluían a los vecinos que realmente
querían serlo y todos contentos.
El
cabildo se reunía todos los jueves del año. Si era invierno, dentro
de la iglesia; si hacía buen tiempo en el atrio. También en el
atrio de la iglesia los alcaldes dictaban sentencia y los condenados
a muerte eran ejecutados en la horca instalada en el Cerrillo.
— Ya
sabemos qué funciones tenían los alcaldes ¿Y el resto de los
componentes del Ayuntamiento qué hacían?
El
mayordomo se encargaba de administrar los ingresos y los gastos y el
alguacil, era el guardia municipal. Los regidores se encargaban de
fiscalizar las cuentas del mayordomo y representar a los vecinos en
sus peticiones al cabildo.
Además
de estos cargos habían otros también muy importantes: Los alcaldes
de la Santa Hermandad. Actuaban en pareja, ayudados por los cuadrilleros, que en número variable, se elegían entre el resto de los vecinos de la población. Su cargo duraba seis meses
y no podían ser renovados. Al igual que la Guardia Civil, tenían
jurisdicción para perseguir los delitos que se producían fuera del
núcleo de la villa, pero además eran jueces y juzgaban esos mismos
delitos, incluso imponiendo condenas a muerte. Habían alcaldes de la
Santa Hermandad no solo en Tomares, sino también en San Juan, El Zaudín, Camas
y la calle Real.
Esta
situación cambió cuando el Conde-Duque de Olivares compró la
jurisdicción de la mitación. Segregó la calle Real de Castilleja
de la Cuesta y contra la opinión de sus moradores, pues eran más ricos, la fusionó con el Señorío que era la otra parte
del pueblo; lo que ahora se llama «La
Plaza». Igualmente separó a
Camas y dejó la mitación, que perdió su nombre, con los restantes núcleos: Tomares, San
Juan y sus alquerías.
Los
alcaldes ordinarios, que representaban al rey, fueron depuestos y
nombrado un Teniente Gobernador que se encargaba de representar al
nuevo señor y dictar justicia en su nombre. En vez de seis
regidores, se nombraron dos regidores añales. Uno que representaba a
Tomares y el otro a San Juan.
Y
así siguió gobernándose el pueblo hasta que la Constitución de
1812 abolió los señoríos y en 1833 se crearon los nuevos Ayuntamientos.
Bibliografía:
- El mundo rural sevillano en el siglo XV. Aljarafe y Ribera.
Mercedes Borrero Fernández.
Sevilla. 1983
Diputación Provincial de Sevilla.
- El Aljarafe sevillano en el Antiguo Régimen.
Antonio Herrera García.
Sevilla. 1980
Diputación Provincial de Sevilla.
- Historia, Instituciones, Documentos. nº 38. 2011
"La subordinación política de la Tierra de Sevilla al concejo hispalense en el reinado de Isabel I" pags. 325-360.
José María Navarro Sainz
Universidad de Sevilla, Departamento de Historia Medieval.