sábado, 15 de abril de 2023

De cuando la prensa de Madrid calificaba a los tomareños de «bárbaros, cafres y beduinos».

 Hoy nos desplazamos al reinado de Isabel II, la tataranbuela del rey Juan Carlos I, concretamente al año 1845; Ramón María Narváez, apodado el Espadón de Loja por su desmedida afición a los golpes de Estado, ostentaba la presidencia del Gobierno. España, un país subdesarrollado en aquella época, se recuperaba fatigosamente de las secuelas que había dejado la Guerra Carlista y la pobreza y la incuria reinaba en todo el reino. Cuando en Europa se habían construido miles de kilómetros de líneas férreas, todavía no se había construido un solo metro de vía de tren en la península.


Tomares, por su parte, era un villorrio con apenas cuatro calles, setenta casas, y una población de 396 personas. (1) La inmensa mayoría de los noventas y seis cabezas de familia que contaba el pueblo, eran jornaleros que trabajaban en las haciendas olivareras y también algunos obreros de la fundición de planchas y tubos de plomo (2) que se había instalado en el terreno que se supone que hoy es la plaza del Ayuntamiento. (En el Regitro de la Propiedad figura la inscripción de una hipoteca en 1838 de una casa con sus terrenos en la calle de la Fuente sin número a nombre de Juan de Dios Govante, dueño de la referida fundición) (3) Era tan pobre el pueblo que, dos años después, el cura párroco tuvo que abandonar su feligresía y renunciar a su destino por la tardanza que experimentaba en recibir su renta. (4)


Al igual que en el resto del mundo, el trabajo infantil era una gran fuente de mano de obra barata y manejable, así que la escuela municipal permanecía casi vacía la mayor parte del año y aún así, el maestro apenas podía subsistir con los 2.200 reales anuales que le pagaba el municipio (1), algo así como una peseta y media diaria. Con esos emolumentos, que incluía el pago del mantenimiento del edificio, debía dedicarse a otros menesteres para poder completar su salario, por lo que, con esa carencia de formación y educación, no nos ha de extrañar que nuestros antepasados, como en los demás pueblos meridionales, fueran unos perfectos ignorantes, con una dura vida que apenas podían soportar, embrutecidos por el alcohol y repletos de supersticiones, a pesar de que se hallaban a solo tres cuartos de hora andando de la tercera ciudad más importante del reino de España.


Sevilla, en aquella época, comenzaba a despertar del largo letargo que sufría a raíz del traslado a Cádiz de la Casa de Contratación a comienzos del siglo XVIII. El descubrimiento de la máquina de vapor supuso para el puerto un nuevo impulso que se materializó con la creación de la Real Compañía de Navegación del Guadalquivir en 1815, propietaria de los vapores “Real Fernando” “Reina Isabel” e “Infante Don Carlos” que acortaban el tiempo de travesía por el río a la mitad, facilitando el comercio y la salida de los productos elaborados por la industria alimentaria de las provincias limítrofes.


Nuevos habitantes se avencidaron en la ciudad al reclamo de este incipiente auge económico, entre ellos Victor Venitien, un gimnasta francés metido a inventor que tiene que ver mucho con esta historia que vamos a contar. Venitien con su esposa Camille se instalaron en Sevilla, después de una corta estancia en Cádiz, tras un largo periplo por diferentes ciudades europeas como gimnasta escénico y boxeador de una compañía circense de París. (5) Aquí prosperó, instalando varios gimnasios deportivos muy estimados por el público sevillano y además, llevado por sus inquietudes científicas, trabajó en la invención de un motor eléctrico que se supone funcionaría en movimiento continuo y se interesó por el vuelo de los globos aerostáticos.





Llevado por ese nuevo aliciente, conoció a su compatriota Adolphe Saulnier e idearon un espectáculo científico-taurino-circense que se desarrollaría en la plaza de toros de Sevilla el 13 de julio de 1845. La función consistía en la ascensión, desde el centro del ruedo, de dos globos aerostáticos pareados bautizados como Pélicano y Fénix, acoplados a una sola barquilla adornada con multitud de banderas y estandartes de todo el mundo. Los artefactos se llenarían de gas en la misma plaza mientras una banda militar amenizaba el espectáculo y se lanzarían globos en forma de elefante para entretener al público que abarrotaría los tendidos. Después de la salida de los globos la representación continuaría con la suelta de dos novillos para que fueran capeados por los aficionados del público. (7)





Solo en dos ocasiones anteriores se habían visto volar globos aerostáticos tripulados en Sevilla. La primera vez en 1796 y la segunda en 1823. En este caso, el globo descendió sin problemas cerca de la Cruz del Campo. (6) Por lo tanto, los más jóvenes de la población sevillana, que eran mayoría, no habían visto un globo en su vida, y en el caso de los pueblos del Aljarafe menos aún.


El espectáculo se desarrolló tal como estaba programado, salvo que en lugar de Victor Venitien, que sufrió una indisposición, subió a la barquilla del globo su esposa Camille Venitien. Los globos, en pocos minutos, se calcula que ascendieron hasta una altura de 4.000 varas (unos tres mil y picos de metros), según la prensa de la época (8), una exageración pues los globos tripulados raramente superan los 1.000 metros, siendo los más habituales entre 300 y 500 metros.





Como el viento era de levante, la señora Venitien con sus globos fue transportada hacia el Aljarafe y aterrizó en un olivar cerca de Tomares. Decía un periódico que «[...] la infeliz mujer al bajar se vio acometida de porción de hombres salvajes que la recibieron a balazos, atravesdando los globos, llegando a insultarla, destrozando los adornos de la barquilla, rompiendo las amarras y quitándole algunos efectos y ropa...» (8). Es más, otro periódico de Madrid insinuaba que, después de recibir el globo, quince o veinte disparos, nos imaginamos de cartuchos de posta la aeronauta podía haber sido forzada pues “ [...] la pobre mujer no escapó de que la despojasen de una parte de su vestido y aún le causasen algunas heridas leves” (9) El gobernador civil y jefe político, José de Hezeta, confundido y pasmado por la noticia, declaró que esos hechos vergonzosos no quedarían impunes y no cejaría hasta hallar y castigar a los culpables. (7)





La horrible noticia se extendió rápidamente por todo el país y saltó las fronteras de otros países europleos. El periódico “El Heraldo” de Madrid, exclamaba abochornado, que había sido una vergüenza, concluyendo que “[...]esto no quitará que adonde quiera que vayan, digan los aeronautas que nuestro país es una tierra de cafres o de beduinos…”. (9) También el mismo día, el periódico madrileño “El Español” se lamentaba: “ […] ¿Qué irán diciendo de nosotros los extranjeros que tan a menudo ven tales actos de barbarie?”. (10) “El Tiempo” de Madrid, apostillaba que se veían “ […] precisados a cubrirnos el rostro con las manos llenas de vergüenza” al dar la noticia. (8)


Finalmente, en “La Posdata” también de Madrid se decía, en tono jocoso y cómo no, despectivo: “[…] la gente de la tierra de “María Zantízima” [sic] ha recibido a balazos a una pobre mujer que acababa de caer de un globo aerostático. Resabios que ha dejado por allí la sombra del héroe por fuerza”. (7)


Sabemos que, por orden gubernamental, se desplazaron al pueblo agentes de la nueva Guardia Civil, que hacía poco tiempo había sido creada, y fueron detenidas dos personas. No conocemos, sin embargo, de qué se les acusaba ni la pena que les fue impuesta.


Todavía en 1847, a propósito de unos actos vandálicos similares ocurridos en el país vecino, el corresponsal en París del periódico “El Heraldo” informaba que en Francia se recordaban los hechos ocurridos en Tomares dos años antes comparándolos con los sucesos de ese país, añadiendo: “ [...] el pueblo bajo es el mismo en todas partes”. (7)


La sabiduría popular, tan fértil para crear leyendas, romances, fábulas y cuentos basados en hechos reales, permaneció muda en este caso y estos actos se diluyeron en la memoria colectiva hasta desaparecer, de tal manera que, se supone que por vergüenza, no se transmitió oralmente a las generaciones siguientes y, por lo tanto, han permanecidos ocultos hasta el día de hoy.






(1) Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España. Pascual Madoz. 1849. Tomo XV. Pag. 17

(2) Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España. Pascual Madoz. 1849. Tomo XIV. Pag. 391

(3) Gaceta de Madrid. n.º 38. 7 de febrero de 1872. Página 408.

(4) El Católico. n.º 2532. 28 de abril de 1847. Pag. 178

(5) Victor Venitien, un gimnasiarca discípulo de Amorós en Sevilla (1839-1861) Notas para completar la Educación Física en España. Xavier Torrebadella Flix. 2013. Universidad Autónoma de Barcelona.

(6) Memorias de la Real Academia Sevillana de Ciencias. Real Academia Sevillana de Ciencias. 2019. Pag. 210.

(7) Invención y progreso tecnológico en la Sevilla isabelina. (1833-1868). Francisco Javier Almarza Madrera. Tesis doctoral dirigida por la Dra. Mª del Carmen Fernández Albéndiz. Pag. 175 a 180

(8) El Tiempo. Madrid. 22 de Julio de 1845. Pag. 2

(9) El Heraldo. Madrid. 23 de Julio de 1845. Pag. 3

(10) El Español. Madrid. Núm. 333. 22 de Julio de 1845. Pag. 2



martes, 28 de febrero de 2023

De cuando el alcalde de la hermandad de Tomares mandaba sobre los vecinos de la calle Castilla de Triana.

  

No. No está equivocado el título de este artículo. El alcalde de la hermandad de Tomares llegó a tener jurisdicción en el territorio que comprendía la parte más extrema de la calle Castilla de Triana hasta mediados del siglo XVII. Pero se equivoca si está pensando que estamos hablando del hermano mayor de la hermandad Sacramental o algo parecido. 

En realidad, los alcaldes de la Santa Hermandad eran un cuerpo de policía rural, con atribuciones parecidas a la actual Guardia civil, encargados de imponer el orden en el término municipal al que correspondían y que subsistieron en toda España hasta el año 1834, fecha en que la Santa Hermandad fue disuelta y sustituida, pocos años después, por dicha Guardia civil. (1) 

Pero además eran jueces y conocían de los llamados "casos de hermandad" entre los que destacaban: Los homicidios y asesinatos, lesiones, secuestros, violaciones, robos, incendios y asaltos siempre que se cometieran en "yermos o descampados" (8) Hasta dar sentencia definitiva ... y procediendo simplemente y de plano, sin estrépito y figura de juicio y condenen al malhechor a la pena que mereciere (9) De manera que en un mismo acto, en el caso de delitos flagrantes, se prendía al delincuente, se celebraba el juicio "sin estrépito y figura de juicio", se les condenaba y se ejecutaba la condena. Así en el caso de homicidio, lesiones por asalto, bandidaje, salteadores de camino, e incluso robo de ganado en algunos casos, se les ejecutaba al instante. Y en el caso de robo y hurto simple, siempre que no fueran actos de bandidaje, se les daba en el mismo acto la pena de azotes. (10)


Los alcaldes de la hermandad o “justicias” ejercían su función siempre en parejas y eran elegidos por insaculación entre los vecinos del pueblo durante el plazo de un año. El símbolo de su poder era una vara de madera de ochenta y cuatro centímetros de largo y cuando la alzaba ponía de manifiesto a todo el mundo su autoridad.(2) 






En el caso de la mitación, se elegía por insaculación a un alcalde de hermandad por cada núcleo poblacional, es decir, Valle de San Juan, Zaudín, Calle Real de Castilleja y Camas. En la villa de Tomares, hasta que desapareció la mitación, eran elegidos dos alcaldes, el uno del estado de los caballeros y escuderos y el otro de los ciudadanos y pecheros (7) . 

Como actuaban en pareja, un alcalde de los de Tomares acompañaba siempre al del lugar en donde se ejercía la jurisdicción. Es decir, si había que detener, enjuiciar y ejecutar la condena a un ladrón de ganado, por ejemplo, en el término de San Juan de Aznalfarache, acudía la pareja compuesta por el alcalde de la hermandad de Tomares junto con el alcalde de la hermandad de San Juan.

Pues bien, hay documentos que prueban que los alcaldes o justicias de Camas y Tomares solían ejercer su autoridad hasta la misma calle Castilla de Triana, en la parte de la calle que llamaban “el barrio de Portugalete” y lo explicamos a continuación. 

Existe en el archivo municipal de Sevilla una ejecutoria de la Real Hacienda de 1646 en la que se dilucida un pleito basado en una acción de deslinde de términos entre la ciudad de Sevilla y el Conde Duque de Olivares.

Todo comienza en 1631 cuando la Real Hacienda de Castilla, acuciada por las deudas decidió vender la jurisdicción de Camas a Diego Arias de Mendoza, canónigo de la catedral de Sevila, pero enterado el conde duque de Olivares, reclamó al Rey la aldea de Camas porque habiendo comprado el término de Tomares en 1628, entendía que también se incluía en la compra el término de Camas, pues “a Tomares pertenece el lugar de Camas y sus términos, con calidad de que la justicia de Tomares traiga vara alta de la Real Justicia en el término de Camas conociendo de todos los casos civiles y criminales a prevención. Y que además de esto, la justicia de Tomares reparte a la dicha villa de Camas el servicio ordinario y extraordinario que paga S.M. cada trienio” (3) 

La Real Hacienda declaró nula dicha venta de pleno derecho, y así lo confirmó el Consejo de Hacienda al entender que la venta del término de Tomares era acumulativa e incluía la jurisdicción del término de Camas. De tal manera, que se le asignó al conde duque de Olivares también el término de Camas.




Lo primero que hace el conde duque, don Gaspar de Guzmán, es exigir que se establezcan las lindes del término de Camas, y como los linderos con el término de Sevillas eran muy difusos, la ciudad de Sevilla entabló un pleito para reivindicar la posesión de determinados territorios que pertenecían tradicionalmente a Camas y a través de Camas a Tomares como hemos visto anteriormente (4), entre ellos la calle Castilla a partir del tramo que comienza en la Alcantarilla (11) de los Ciegos, situada en lo que hoy es la plaza de Chapina y desde allí hasta la Barqueta, siguiendo la orilla oriental del río.





En ese pleito se presentaron diversos de testigos, generalmente, antiguos cuadrilleros, alcaldes de hermandad y alguaciles, que declararon hechos como los que siguen: “los justicias de Tomares y Camas que han entrado de día con sus varas altas por los dichos sitios hasta la Candelaria y en entrando allí las dejan porque se acaba allí el término”. En otra declaración testifical se atestiguada que “dichas noches (los justicias de Tomares y Camas) encontraron en la Alcantarilla de los Ciegos a Galván, alguacil de Triana (perteneciente al municipio de Sevilla) y se reconocieron los unos a los otros y este testigo les dijo que porque andaban gitanos en Portugalete iban a rondar a aquel barrio y él (el alguacil de la ciudad de Sevilla) les dijo que fuese norabuena (que vale)”. (5) 



Lógicamente, la ciudad de Sevilla presentó otros testigos que testimoniaron lo contrario, uno de ellos, antiguo alguacil, relata cómo dieciséis años antes, había cruzado el río y desembarcado en la Isleta y desarmaron a dos clérigos que estaban con dos mujeres y les quitaron dos estoques que llevaban y los condujeron detenidos. La Isleta era una isla que existía en medio del Guadalquivir que desapareció a finales del siglo XIX.


El 22 de abril de 1639 el juez que llevaba la causa dictó providencia a favor del Conde duque de Olivares y confirmó las lindes que reclamaba. De esta forma, se confirmaban los límites históricos, que según algunos testigos, tenía la antigua mitación.

Pero muerto el conde duque de Olivares en 1645, tras caer en desgracia como valido del rey, los acontecimientos dieron un giro radical y tras la apelación interpuesta por la ciudad de Sevilla, el Real Consejo de Hacienda, mediante una ejecutoria de fecha 5 de septiembre de 1646, le reconoció a Sevilla su jurisdicción sobre toda la calle Castilla y demás tierras que habían pertenecido a Camas. (4) 

No se sabe a partir de qué época los alcaldes de hermandad de Tomares y Camas entraban con vara alta hasta Chapina, pero a partir de esa fecha, dejaron de hacerlo definitivamente. 





(1) Novísima Recopilación de las Leyes de España. Madrid. 1829. Tomo VI. Pag. 12 
(2) José María Navarro Sanz. Historia, Instituciones, Documentos. n.º 38. Universidad de Sevilla. 2011. Pags. 325 a 360. 
(3) Antequera Luengo, Juan José. Noticias y documentos para la historia de Camas. Camas. 1981. Pag. 62. 
(4) Antequera Luengo, Juan José. Noticias y documentos para la historia de Camas. Camas. 1981. Pag. 63 
(5) Antequera Luengo, Juan José. Portugalete. Un barrio diferenciado en la Sevilla del Conde Duque. Sevilla. 2009. Pags. 3 y 4. 
(6) Antequera Luengo, Juan José. Noticias y documentos para la historia de Camas. Camas. 1981. Pag. 72
(7) Ley I, Título XXXV, Libro XII de la Novísima Recopilación.
(8) Ley II de idem.
(9) Ley V de idem.
(10) Títulos XIV al XVII de idem.
(11) Puentecillo en un camino hecho para que por debajo de él pasen las aguas. RAE, Diccionario histórico de la lengua española.


martes, 8 de septiembre de 2020

Los acontecimientos que provocaron la segregación de San Juan de Aznalfarache en 1890-1891

 

Estamos a principios de 1890 y las cosas no han empezado demasiado bien en la provincia de Sevilla. La sequía que arrastraba el campo desde el pasado verano era ya alarmante y la gente solo veía encima de su cabeza los nubarrones del hambre. El 8 de febrero salió en procesión extraordinaria la Virgen de los Reyes, haciéndose públicas rogativas para que cesara la pertinaz sequía, a la que acudió un gentío descomunal tanto de la capital como de los pueblos de los alrededores. También le preocupaba a la gente la epidemia de cólera que se estaba extendiendo por todo el país y que más pronto que tarde llegaría a nuestra tierra.

Pero otros asuntos rondaban en la cabeza de don Juan Navarro Caro, concejal del Ayuntamiento de Tomares y, por consiguiente, también de San Juan de Aznalfarache. En ese día se recibió un telegrama desde la Corte, en el que se anunciaba que se había presentado una proposición de ley en el Congreso de los Diputados para que se aprobara la segregación del municipio en dos entidades independientes. i

Al concejal y antiguo alcalde no le cogió de sorpresa la noticia, pues desde hacía más de veinte años los enfrentamientos con Manuel Martínez Cuevas, alcalde saliente y actual teniente de alcalde representante de San Juan, eran frecuentes a propósito de la independencia del barrio y sabía que le quedaba por delante una formidable lucha tanto contra los políticos locales como contra los influyentes gobernantes que los apoyaban, ya que sabía que no contaba con mucha ayuda de los diputados en el Congreso y que esa proposición de ley saldría adelante sin problemas.

Su objetivo sería salvar el territorio histórico de Tomares y no cederle al futuro municipio más que lo que le correspondía. Para ello tenía que conocer, por un lado, quiénes eran esos políticos poderosos contra los que tenía que enfrentarse, y por otra, determinar claramente cuál era el territorio que históricamente había pertenecido a Tomares para librarlo de las garras de sus, todavía, convecinos de San Juan.

Siguió leyendo el telegrama y se le puso la carne de gallina. El diputado que había presentado la proposición de ley era nada más y nada menos que don Antonio Ramos Calderón, más peligroso que un Miura. Poco tenía que estudiar de aquel tipo, pues su trayectoria política se la sabía de memoria, como la mayoría de los sevillanos ilustrados de la época.

Este señor era diputado por el partido liberal por la circunscripción de Écija, aunque había nacido en Morón y vivía en Sevilla. Periodista y radical en su juventud, fue nombrado secretario de la Junta Revolucionaria de Madrid cuando triunfó la revolución de 1868 que trajo la Primera República, fue en aquella época elegido diputado al Congreso, y desde entonces no lo había abandonado, habiendo sido reelegido una y otra vez, unas veces por Écija y otras por Morón.ii Era masón, grado 9, Venerable Maestro de la logia masónica “Gran Oriente Español”.iii

Desde hacía décadas se consideraba que era el cacique de la provincia de Sevillaiv entendido por tal, la persona que se encargaba de controlar los votos de todas las personas con capacidad de voto de su territorio, lo cual era la base de la alternancia política que la Restauración demandaba. Los caciques eran personas con poder económico, que contaban con un séquito (gente que trabajaba para él) formado por grupos, capaces de intimidar a sus convecinos que sabían que si las cosas no transcurrían según los deseos del cacique podían sufrir daños físicos. v

Frente a ese morlaco, poca faena podía hacerle teniendo en cuenta la influencia que tenía en la administración provincial, especialmente en el ámbito de la Diputación, cuyos funcionarios serían, en último extremo, los que deberían decidir los límites de cada termino municipal. Bien agarrados estaban los sanjuaneros, pensó don Juan. Pero él tampoco era mal torero. Importante propietario agrícola del Aljarafe, tenía sus conexiones en el enrevesado y siempre difícil mundo de la política sevillana de las que tendría que valerse para contrarrestar las agarraderas del viejo político liberal.

Otro tema distinto era la determinación del término histórico de Tomares. Asunto complicado, pues. Tomares y San Juan de Aznalfarache llevaban seiscientos cincuenta años formando parte de una misma entidad municipal. Primero como integrantes de la Mitación de San Juan, y luego que el Conde-Duque de Olivares la descuartizó, como municipio singular y por lo tanto no existía ninguna línea de demarcación para utilizar como base de una futura negociación.

Tomares y San Juan de Aznalfarache eran como el día y la noche. El pueblo, situado entre los cerros del Aljarafe era eminentemente agrícola, dedicado al olivo y al cereal, con pocas industrias, generalmente agrícolas, molinos de aceite, alguna que otra alquitara para fabricar aguardiente y pare usted de contar. Tuvo una industria de tubos de plomo que quebró hacía tiempo. La mayoría de la población eran jornaleros que prestaban sus servicios en las haciendas olivareras porque la propiedad estaba muy concentrada en pocos propietarios que generalmente vivían en la capital.

El barrio, San Juan, se extendía por cuatro calles cerca de la vega. También allí la propiedad estaba muy concentrada, pero a parte de los pocos olivares situados en los cerros del sur de la población, sus habitantes se habían dedicado históricamente a la hostelería los mesones y tabernas instaladas a lo largo del río solían ser los lugares donde se había concentrado el golferío de la capital a lo largo de los siglos, con fácil acceso por vía fluvialviy también contaba con jornaleros de regadío que cultivaban el orozuz en la vega, así como trabajadores en la incipiente industria local, especialmente fábricas y destilerías de perfumería y de loza.vii

San Juan, a lo largo de los siglos había sido un lugar poco habitado, especialmente por las continuas inundaciones que se producían al estar cerca del río. Los pocos pobladores se habían instalado en la falda del cerro de la fortaleza de Aznalfarache, lugar inhóspito y sin agua, en donde se hallaba el convento de los franciscanos que lograban sobrevivir a duras penas en verano valiéndose del agua, a veces putrefacta, de los aljibes que almacenaban la caída de las lluvias.viii

Hasta bien entrado el siglo XVIII al lugar se le llamaba Valle de San Juan y por “valle” debe entenderse “lugar de regadío y huerta” como bien lo define la profesora Mercedes Borrero Fernández en la página 91 de su obra «El mundo rural sevillano en el siglo XV» publicada por la Diputación de Sevilla en 1983, y como se puede ver en el mapa de Obando de 1628ix, con la misma denominación que “Valle de Madonado” o “Valle de Vergara” también situados en dicho mapa y poblado por algunas casas de hortelanos, porque a lo largo del arroyo de la Fuente o Camarón se extendían huertas de frutales y hortalizas. Pero a lo largo de los siglos la población fue aumentando proporcionalmente muchísimo más que la de Tomares, por lo que en el último tercio del siglo XIX ambos núcleos tenían más o menos la misma población. En 1890, concretamente, 586 habitantes tenía Tomares y 590 el barrio de San Juanx. Teniendo en cuenta esa tendencia, todo el mundo reconocía que en pocos años la población del barrio, mucho más industrial y dinámico, duplicaría o triplicaría a la del pueblo, tal como sucedió, así que nadie ponía en duda su próxima segregación. Solo se discutía la extensión de su futuro término municipal.

Para llevar a cabo la determinación del término histórico del pueblo, nos imaginamos que don Juan Navarro Caro se valió de sus colaboradores más estrechos, como Manuel Caro Díaz, alcalde actual,  José Fernández Ortega y Juan Manuel Díaz Ortega, cargos públicos del Ayuntamiento en diferentes legislaturas y asesorado por los viejos del pueblo, algunos de ellos serían antiguos cuadrilleros de la Santa Hermandad que conocerían muy bien los límites de su competencias frente a sus homólogos de San Juan, trazarían, las que ellos consideraban, las lindes históricas del pueblo y que a partir de entonces quedaron marcadas de forma imborrable en el alma de los tomareños nativos hasta el día de hoy.

Aquella primavera, Navarro Caro, acompañado del alcalde, sus ayudantes y asesores, recorrió infinidad de veces el término municipal de una punta a otra y obtuvo resultados concluyentes. La división del término de ambas poblaciones, históricamente constatada, estaba condicionada por los accidentes geográficos.

En el término de Tomares surgían tres manantiales. El que manaba en el Zaudín Alto formaba un arroyo que, cruzando la vereda, pasaba por las huertas de Santa Rita y San José, formando un barranco al que afluía otro arroyo que manaba de las pozas de la Cañá Morales (actual Parque Olivar de Zaudín) y siguiendo su recorrido desembocaba en el arroyo de la Fuente. A estos barrancos, formados por el fluir de las aguas, se les llama en el Aljarafe: «caños», así que este arroyo copioso que formaba un profundo barranco se le conocía por el “Caño de Santa Rita”, actualmente enterrado bajo la autovía de Mairena.

Plano Catastral de 1948 donde se describe el recorrido del "Caño de Santa Rita" y su desembocadura en el arroyo de la Fuente a la altura de Camarón.
 

El arroyo de la Fuente, como es natural, surgía de la fuente de Tomares, cruzaba la vereda a la altura de la Venta de la Mascareta, pasaba cerca de las haciendas del Carmen y Cartuja y seguía su recorrido donde hoy se halla Carrefour hasta llegar a las «Casas de Camarón», lugar donde desembocaba el Caño de Santa Rita. Desde allí ese arroyo caudaloso cambiaba de nombre por el de arroyo o río de Camarón que a los pocos cientos de metros desembocaba en el Guadalquivir.

La gente de Tomares lo tenía claro, todo lo que estaba a la derecha del Caño de Santa Rita eran los «Campos de San Juan» denominación que continuó utilizándose en los planos catastrales hasta mediados de los años setenta del siglo XX, antes de la explosión urbanística; y todo lo que estaba a la izquierda del caño pertenecía a Tomares. Desde Camarón se trazaba una línea recta hasta el comienzo del cerro de la fortaleza de Aznalfarache. Esa línea seguía por el vértice de los cerros de Chavoya hasta el antiguo camino de Mairena que dividía los olivares de Chavoya, pertenecientes a la Cartuja, y el olivar viejo del Carmen. Por lo tanto, lo que hoy es Canal Sur, el hotel Alcora, y Carrefour, según la tradición, deberían haber pertenecido a Tomares.

Siguiendo la línea de demarcación, el olivar viejo cruzaba el vértice del cerro desparramándose por la otra vertiente, donde hoy se encuentran el supermercado Lidl, la gasolinera Galp y el Edificio Invarsa, anejo al hipermercado Hipercor que entendían que también pertenecía a Tomares. Desde ese padrón, a la altura de la rotonda de Leroy Merlin, el límite seguía la carretera de la Vega hasta confluir en el término de Sevilla, situado a la orilla del arroyo de la Madre Vieja, más o menos en la mitad de lo que hoy es el cauce del río Guadalquivir.



Plano Catastral de 1948 donde figuran los cerros del Sagrado Corazón y Chavoya, El Olivar viejo del Carmen figura en dos parcelas, "Hacienda el Carmen" en la vertiente occidental y "La Guitarra" en la zona orienta. Ambas parcelas fueron reclamadas por el Ayuntamiento de Tomares hasta que fue asignada definitivamente a San Juan en 1891. La foto aérea es de 1956 y en ella se pueden apreciar mejor los olivares del Carmen y Chavoya

 

A don Juan, a la vista del mapa, le dio miedo lo que estaba viendo; más o menos salían 620 hectáreas. En realidad había resultado un mapa sociológico del antiguo municipio. Todo lo que englobaba el terreno que correspondería al pueblo eran las tierras cultivadas por los jornaleros de Tomares, ya fueran los olivares de Cartuja o El Carmen como las huertas de Santa Rita y San José. Las tierras que le tocaría a San Juan no solían pisarlas los jornaleros tomareños, es decir, toda la vega, salvo el Manchón, y los olivares de Alfaro, Cavaleri y Valparaíso. Es decir los dos tercios del viejo término le correspondería a Tomares y un tercio a San Juan. Una barbaridad si tenemos en cuenta la población de cada uno. Esas pretensiones jamás serían aceptadas por los sanjuaneros ni los políticos que los apoyaban.

El golpe de gracia llegó el 15 de julio de 1890. En esa fecha la Reina Regente firmaba la ley que dividía el término municipalxique en su artículo 2º determinaba: “El actual término jurisdiccional del municipio se dividirá entre los dos que se constituyen por esta ley, asignando la cantidad proporcional a cada uno de ellos, con arreglo al número de habitantes.”. En principio, y en base a ese artículo, y dado que la totalidad de la población del municipio era de 1.176 habitantes y la superficie total de 928 hectáreas, a Tomares le correspondería, en base a los 586 habitantes con los que contaba, 462 hectáreas, lo que suponía, según los viejos tomareños, que «la gente de San Juan les «robaría», más o menos, 158 hectáreas, o lo que es lo mismo, la cuarta parte de su término histórico».

Manuel Caro Díaz dimitió como alcalde de ambas poblaciones y fueron elegidos Juan Navarro Caro como alcalde de Tomares y Manuel Martínez Cuevas como alcalde de San Juan de Aznalfarache.

Cuando la gente de Tomares se enteró del contenido de la ley, «picada» con la de San Juan por tantos años de enfrentamiento, se dirigió al Ayuntamiento para recabar información. Los jornaleros, en su ignorancia, temerían que, al dividirse el término y pasar las tierras de Cartuja, Santa Rita, y El Carmen al otro pueblo, perderían su trabajo en beneficio de los jornaleros de San Juan de Aznalfarache. El nuevo alcalde tendría que hacer un alarde de elocuencia y paciencia para pacificar a los jornaleros y convencerles de que la pelota estaba aún en el tejado.

Efectivamente, le correspondía a los técnicos, ingenieros y funcionarios económicos de la Diputación Provincial hacer el deslinde definitivo de los dos términos y es ahí donde tenía que jugar sus bazas don Juan Navarro Caro.

Lo primero que hizo la Diputación es pedirle a cada Ayuntamiento una proposición de deslinde.

La gente de San Juan no se anduvo con chiquitas, basándose en la interpretación literal de la ley según el principio de la proporcionalidad de la población de cada pueblo, proponiendo que la linde de ambos términos municipales se extendiera desde el punto de la Alcantarilla de la Madre Vieja que limita con Sevilla, siguiendo por la carretera del Manchón y la vereda que pasa por la Mascareta hasta Separta (Cepa Alta) donde había una pequeña corrección y desde allí llegar al término con Mairena.xii Todo el terreno que estaba a la izquierda de ese camino le correspondía a San Juan y el que estaba a la derecha al pueblo. Es decir, Tomares perdía todos los terrenos que ocupan actualmente el Casino, las urbanizaciones del Carmen, la Mascareta, Edificio Centris, Urbanización La Cartuja, Zaudín Parque Empresarial, tanatorio y cementerio, entre otros.


Plano del Término Municipal de Tomares-San Juan con el recorrido de la vereda que utilizó el Ayuntamiento de San Juan para deslindar los dos términos. Esta proposición fue rechazada por los funcionarios de Diputación y Gobierno Civil.

 

Por su parte, Navarro Caro, en base a la ley, no podía exigir el término histórico, pues rompía descaradamente la proporción exigida en el artículo segundo. Así que decidió sacrificar el olivar de Chavoya, perteneciente a Cartuja, incluida la vertiente occidental de los cerros, (Canal Sur, Hotel Alcora y Carrefur) la parte del olivar de Cartuja que se llamaba Vistahermosa (la urbanización que lleva ese nombre) y la mitad de las huertas de San José y Santa Rita, (MediaMark, Instituto Severo Ochoa, etc) cediéndolos al término de San Juan, pero reteniendo los caseríos de estas huertas.xiii Sin embargo siguió reivindicando el Olivar Viejo del Carmen (Lidl, gasolinera Galp y parte de Hipercor) como término de Tomares. Aún así se sobrepasaba descaradamente las 462 hectáreas que le correspondería si se aplicara el criterio de proporcionalidad de la ley en base a la población de cada pueblo.

Los tiras y aflojas entre los representantes de los Ayuntamientos de ambos pueblos duró un año completo. Al final, por arte de birlibirloque entró en liza la riqueza contributiva, es decir el valor catastral por el que se pagaba la contribución rústica, industrial y urbana y en un alarde de imaginación que nunca sabremos a quién se le ocurrió y que los viejos se lo achacan a Navarro Caro, se determinó por los funcionarios provinciales que el total de la riqueza contributiva de ambos pueblos era en torno a 70.000 pesetas.xiv Como cada pueblo tenía más o menos los mismos habitantes, se estableció que cada pueblo tenía que repartirse una riqueza de alrededor de 35.000 pesetas cada unoxv. Si conocíamos la riqueza urbana de cada pueblo, solo había que distribuir la riqueza rústica.

Como San Juan era más rico, pues tenía más industrias, la riqueza urbana que se le computó fueron 12.000 pesetas y a Tomares le correspondió solo, 5.000 pesetas.

Como se adjudicaba a cada pueblo una riqueza total de 35.000 pesetas, el término municipal que correspondería a San Juan equivaldría a una riqueza rústica de 23.000 pesetas, que es la diferencia de la suma del valor catastral urbano calculado en 12.000 pesetas, como hemos dicho antes, y la riqueza total y a Tomares le pertenecería un término municipal equivalente a una riqueza rústica de 30.000 pesetas.xvi

¡Gol por la escuadra!

Después del deslinde realizado por los técnicos de la Diputación resultaron al final 517 hectáreas para Tomares y 411 hectáreas para San Juan.xvii De esta forma tan imaginativa, Tomares, que tenía menos población y riqueza, obtuvo 106 hectáreas más que San Juan. Tuvo, sin embargo, que sacrificar el Olivar del Carmen y los caseríos de Santa Rita y San José.

Aún así, cuando en los años ochenta del siglo XX comenzaron las obras de Canal Sur, los viejos del pueblo solían argumentar en la tertulia de la Peña Bética: «Ese terreno nos lo robaron la gente de San Juan». Eso mismo dijeron cuando se construyó Carrefour o Hipercor, el hotel Alcora o el cuartel de la Guardia Civil.

¿Y cuál fue la reacción de la gente de San Juan? La verdad es que no les sentó muy bien.

El Ayuntamiento, con fecha 25 de julio de 1891, acordó entablar cuantos recursos procedan contra el deslinde realizado en base a los siguientes motivos que aquí resumimos: En primer lugar porque, aún teniendo menos habitantes, Tomares había recibido 106 hectáreas más que San Juan. En segundo lugar porque no se debía haber considerado el valor catastral urbano, sino solo lo que valían las tierras si se quería ser equitativo y en tercer lugar porque no se había tenido en cuenta la riqueza pecuaria.xviii Por supuesto que ninguno de estos argumentos fueron tenidos en cuenta y aquella división continúa vigente hasta el día de hoy.

Cuando murió Navarro Caro, el Ayuntamiento de Tomares le dedicó una calle en el pueblo.

Cuando murió don Antonio Ramos Calderón, el ínclito diputado que propuso la división del municipio, el Ayuntamiento de San Juan de Aznalfarache también le dedicó una calle del pueblo, pero cuando los nacionales tomaron el poder en 1936, conociendo la catadura moral del individuo, le cambiaron el nombre por la de Queipo de Llano. Luego, cuando durante la monarquía parlamentaria le quitaron el nombre de la calle a Queipo de Llano, nadie se acordó de Antonio Ramos Calderón.

Actualmente la calle Navarro Caro, que está en el meollo del casco histórico del pueblo, sigue siendo la calle más céntrica y de más solera de la localidad.

 


                                                               Plano del Término Municipal de Tomares 1891

 

 Referencias

i“La Época” 6 de febrero de 1890, pag. 2;

ii“Los Diputados pintados por sus hechos: Colección de estudios biográficos sobre los elegidos por el sufragio universal en las Constituyentes de 1869” Roque Labajos (Madrid.) R. Labajos y Compañía, 1869. Página 445.

iii“Masonería y democracia en el siglo XIX: el Gran Oriente Español y su proyección político-social” (1888-1896). María Asunción Ortiz de Andrés. Univ Pontifica Comillas, 1993 – pags. 180 y 304.

iv“Mapa del Caciquismo en España” Revista “Gedeón” 1897.

vVarela Ortega, José, “El poder de la influencia: geografía del caciquismo en España: (1875-1923)” Centro de Estudios Políticos y Constitucionales 2001

vi«Historia de San Juan de Aznalfarache». Daniel Pineda Novo. Ayuntamiento San Juan de Aznalfarache. 1980. pag. 112.

viiMadoz, Pascual. «Diccionario Estadístico Geográfico Histórico» Madrid. 1850. Tomo III, pags. 213-214

viii«Valparaiso un Cristo para los Mares del Sur», Juan J. Antequera Luengo, Facediciones, pag. 28

ix Ver: Biblioteca Digital Hispánica. «Planta de la villa de Tomares, y de San Iuan de Alfarache suanejo, y Alquerias de sutérmino cuya Iurisdicion señorio»

x«Historia de San Juan de Aznalfarache». Daniel Pineda Novo. Ayuntamiento San Juan de Aznalfarache. 1980

xi«Historia de Tomares. De la prehistoria a la Edad Contemporánea» Á. Gómez Peña, Luis Gethsemaní Pérez Aguilar, Enrique Ruiz Prieto. Aconcagua Libros. 2011. pag. 237.

xiiIbid. Pag 116. [...] desde la Alcantarilla de la Madre Vieja del Rio limite del termino de Sevilla, hasta la haza de olivar llamada Sepaalta, la carretera de la Mascareta, que por dicha haza de Sepaalta se atravesará, dejando de mi cabida para el termino de Tomares, seis hectáreas ochenta y siete áreas y sesenta y dos centiáreas, y para el de San Juan seis hectáreas sesenta y seis áreas y setenta y tres centiáreas, y siguiendo hasta el camino de Sobuelva por el que se continuara á la Haza del Granados que es el limite divisorio de Mairena del Aljarafe»

xiii«Sobre la localización geográfica de la qarya andalusí de Sobuerva (Šuburbal) y otras cuestiones» Luis-Gethsemaní Pérez-Aguilar, Enrique Ruiz Prieto, Álvaro Gómez Peña, Jesús Rodríguez Mellado, Gabriel Carvajal Mateos. Al-Qantara. XXXV 1, enero-junio 2014. pp. 116. «Partiendo desde la Alcantarilla de la Madre vieja de la vega de Triana, límite del término de Sevilla, por la inmediación de la carretera hasta llegar a la Alcantarilla de la venta de Jurado, y siguiendo por la inmediación del camino que conduce a esta villa de Tomares hasta llegar a la subida de la cuesta, tomando un padrón que se encuentra a la izquierda que divide la haza de Manchón y el Olivar Viejo de la Hacienda del Carmen, hasta llegar a una callejón ó hijuela que sigue alrededor del camino vecinal que conduce a San Juan quedando a la derecha de la antes citada hijuela el olivar viejo y a la izquierda el olivar denominado Chavoya, que atravesando dicho camino vecinal y siguiendo la hijuela hasta entrar y seguir un carril que atraviesa los olivos de la Hacienda de Esteban de Arones, hasta llegar a la portada de la mencionada Hacienda, siguiendo a la izquierda del antes dicho carril, y por los mismos olivares,y por junto a la era de esta Hacienda, hasta llegar a la portada del caserío de San José, y desde la esquina de este caserío, siguiendo a línea recta atravesando Huerta y viña de dicho San José hasta llegar a la encina que se encuentra en los olivares de Doña Antonia Cavaleri, quedando a esta parte [la de Tomares] como seis o siete aranzadas de Huerta y viña siguiendo desde dicha encina a línea recta hasta concluir, donde se dividen los términos de Mairena del Aljarafe y estas villas.»

xiv«Historia de San Juan de Aznalfarache». Daniel Pineda Novo. Ayuntamiento San Juan de Aznalfarache. 1980. pag. 263.

xvIbid. Pag. 265.

xviIbid. Pag. 265.

xviiIbid. Pag. 264.

xviiiIbid. Pag. 267.

De cuando la prensa de Madrid calificaba a los tomareños de «bárbaros, cafres y beduinos».

  Hoy nos desplazamos al reinado de Isabel II, la tataranbuela del rey Juan Carlos I, concretamente al año 1845; Ram ón María Narváez, apoda...