jueves, 10 de octubre de 2019

Donde se trata de la curiosa elección de los miembros que componían el cabildo del Ayuntamiento de Tomares y de su mitación, desde la Edad Media hasta principios de la Edad Contemporánea.


Ya hemos contado en otros artículos cómo las alquerías musulmanas de Tomar, Sobuerba, Duchuelas, Lobanina (Valdovina), Zaudín, Cazalla Talaçana (la calle Real de Castilleja), Alhadín (el valle de San Juan) y Camas, entre otras, fueron entregadas por el rey Alfonso X de Castilla, llamado «el Sabio» en 1253 a la ciudad de Sevilla.
También nos hemos referido a que tras la expulsión de los mudéjares después de la sangrienta sublevación de 1264 y los continuos ataques de los Benimerines, estas pequeñas aldeas permanecieron deshabitadas hasta mediado el siglo XIV y que con mucho esfuerzo se fueron repoblando.
A partir del siglo XV se crea la mitación de San Juan donde se incluyen las alquerías anteriormente citadas, y se designa como capital municipal a la villa de Tomares.
Nuestros antepasados castellanos se organizaron como lo hacían en su lugar de origen, así que constituyeron los cabildos de los Ayuntamientos con dos alcaldes ordinarios, un alguacil, un mayordomo, los regidores que fueron cambiando en número con el tiempo y asistidos en sus reuniones por un escribano. Estos oficios, salvo el de escribano, no eran remunerados y generalmente se renovaban todos los años y debían ser aprobados por el cabildo de Sevilla a la que pertenecían.
Al principio, se elegían entre los vecinos contribuyentes o pecheros más acaudalados, llamados capitulares. Los jornaleros y los que tenían menos patrimonio no eran capitulares y por lo tanto no podían ser designados miembros del cabildo de la villa.
En 1479, en tiempos de Isabel I de Castilla, llamada «la Católica» la consorte de los conocidos como «Reyes Católicos», un asistente de la ciudad de Sevilla, Diego de Merlo, aprobó, en nombre de la reina, unas nuevas ordenanzas para la elección de los oficiales de los municipios de su jurisdicción que perduraron hasta que la mitación fue troceada y dividida por el ínclito Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares.
A partir de las ordenanzas de 1479, el cabildo de la mitación se componía de dos alcaldes ordinarios, un alguacil, un mayordomo y seis regidores.
Como nuestros abuelos de Castilla podían ser brutos pero no tontos, sabían que las elecciones mediante voto daban lugar a continuas riñas, pendencias, y quejas entre distintos bandos o facciones, así que idearon un sistema de elección mediante sorteo. Algo así como la lotería primitiva.
En principio, a cualquier contribuyente masculino de la mitación, pobre o rico, le podía tocar la rifa y ser, por lo tanto, designado como miembro del cabildo municipal..
¿Quiénes realizaban el sorteo, los niños de San Ildefonso?
Casi, casi…
Los componentes del cabildo saliente, meses antes del sorteo, designaban a seis diputados. Dos pertenecientes al censo de los más ricos, dos integrantes del censo de los más pobres y dos del grupo intermedio. Entre estos seis elaboraban una lista o rueda con veinte nombres.
Llegado el día de San Juan Bautista, el 24 de junio, se reunían en el atrio de la parroquia de Nuestra Señora de Belén todos los vecinos de la mitación.
El escribano en una mesa, escribía el nombre de cada uno de los vecinos designados en la lista en un papel, hacía una bola con él y lo introducía en un bonete, que era el gorro que todos usaban en aquella época. Así hasta veinte papelitos.
Invitaban a un niño de los que estaba por allí para que sacara diez bolitas de papel y se introducían en otro bonete. Las otras eran desechadas. Luego llamaban a otro niño para que de ese otro bonete fuera sacando una por una todas las bolitas.
Los dos primeros que salían eran nombrados alcaldes ordinarios, el tercero: alguacil, el cuarto: mayordomo y los seis últimos eran designados regidores.
El cargo duraba un año y no podían repetir hasta que no hubiesen pasado por el cargo todos los de la rueda.
El follón fue de campeonato. Los alcaldes, no eran lo que son ahora sino muchísimo más importantes porque, además de ser los máximos cargos del consistorio, eran jueces. Es decir, si había un conflicto, ya fuera civil o criminal, quienes juzgaban eran los alcaldes. Pues imagínense a un jornalero, analfabeto en general casi todos lo eran, ricos o pobres metido en esos berenjenales. En lugar de ir a trabajar todos los días en busca del jornal para que pudiera vivir su familia, tenían que estar dedicados a esos menesteres sin cobrar un ochavo. Los asalariados no querían formar parte del Ayuntamiento. Otros oficios, como taberneros o mesoneros, se consideraban indignos y eran excluidos de las ruedas.
Apenas había corrupción porque había poco caudal que manejar, pero si eran sorprendidos robando, la pena era la horca.
Al final pasó lo que pasa siempre. Solo los que tenían tiempo y deseos de aparentar querían ser elegidos miembros del Ayuntamiento. De esa manera, en las listas se incluían a los vecinos que realmente querían serlo y todos contentos.
El cabildo se reunía todos los jueves del año. Si era invierno, dentro de la iglesia; si hacía buen tiempo en el atrio. También en el atrio de la iglesia los alcaldes dictaban sentencia y los condenados a muerte eran ejecutados en la horca instalada en el Cerrillo.
Ya sabemos qué funciones tenían los alcaldes ¿Y el resto de los componentes del Ayuntamiento qué hacían?
El mayordomo se encargaba de administrar los ingresos y los gastos y el alguacil, era el guardia municipal. Los regidores se encargaban de fiscalizar las cuentas del mayordomo y representar a los vecinos en sus peticiones al cabildo. 
 
Además de estos cargos habían otros también muy importantes: Los alcaldes de la Santa Hermandad. Actuaban en pareja, ayudados por los cuadrilleros, que en número variable, se elegían entre el resto de los vecinos de la población. Su cargo duraba seis meses y no podían ser renovados. Al igual que la Guardia Civil, tenían jurisdicción para perseguir los delitos que se producían fuera del núcleo de la villa, pero además eran jueces y juzgaban esos mismos delitos, incluso imponiendo condenas a muerte. Habían alcaldes de la Santa Hermandad no solo en Tomares, sino también en San Juan, El Zaudín, Camas y la calle Real.
Esta situación cambió cuando el Conde-Duque de Olivares compró la jurisdicción de la mitación. Segregó la calle Real de Castilleja de la Cuesta y contra la opinión de sus moradores, pues eran más ricos, la fusionó con el Señorío que era la otra parte del pueblo; lo que ahora se llama «La Plaza». Igualmente separó a Camas y dejó la mitación, que perdió su nombre, con los restantes núcleos: Tomares, San Juan y sus alquerías.
Los alcaldes ordinarios, que representaban al rey, fueron depuestos y nombrado un Teniente Gobernador que se encargaba de representar al nuevo señor y dictar justicia en su nombre. En vez de seis regidores, se nombraron dos regidores añales. Uno que representaba a Tomares y el otro a San Juan.
Y así siguió gobernándose el pueblo hasta que la Constitución de 1812 abolió los señoríos y en 1833 se crearon los nuevos Ayuntamientos.

Bibliografía:
El mundo rural sevillano en el siglo XV. Aljarafe y Ribera.
Mercedes Borrero Fernández.
Sevilla. 1983
Diputación Provincial de Sevilla.
El Aljarafe sevillano en el Antiguo Régimen.
Antonio Herrera García.
Sevilla. 1980
Diputación Provincial de Sevilla.
- Historia, Instituciones, Documentos. nº 38. 2011
"La subordinación política de la Tierra de Sevilla al concejo hispalense en el reinado de Isabel I" pags. 325-360.
José María Navarro Sainz
Universidad de Sevilla, Departamento de Historia Medieval.
 

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