«Había en Sevilla una joven de noble cuna, tan hermosa como un ángel; era su tez pura nieve, negros y ardientes sus ojos, dorado el cabello leve, claveles sus labios rojos, el talle esbelto y el pie breve. Era la mujer más bella de la cristiandad. Fueron muchos los galanes que intentaron sin éxito ganarse su corazón.
Un día, el joven Hernán, conde ilustre de Tomares, guerrero, poeta y galán, bajó a la capital y conoció a tan bella dama. En un instante los dos cayeron mutuamente enamorados y el romance fructificó en un gentil noviazgo.
Ella, acostumbrada a tantos galanteos, le resultaba aburrido tanto sosiego y dejaba volar su imaginación y se veía cortejada por muchos enamorados a los que a todos rechazaba.
El joven conde, viendo que su amada estaba cada vez más triste, sospechaba de su pena y tan ciego era su amor que a veces los celos se convertían en locura. A ella le fatigaba tanta opresión y su amor hacia él poco a poco se enfriaba.
Un día que fueron de gira con otros jóvenes a sus posesiones de Tomares, en el lugar que posteriormente surgió la fuente, arbolado y lejano del pueblo, Hernán se escondió y vio cómo un galán, al lado de su amada, suspiraba de amores por ella.
El conde apareció de repente y le dijo: «¡Qué bien apagaste, traidora, de mi loco amor la llama! ¡Todo murió entre los dos! »
Ella le contestó desdeñosa: «No te dejé, tú me dejas, pero si de mi no te alejas, huiré de ti presurosa.»
El joven al oir sus palabras, fue tal su impresión que cayó al suelo muerto
Ella corrió apresurada hacia el cuerpo yacente de su amado, comenzó a llorar y era tal el caudal de sus lágrimas que todo su cuerpo se convirtió en agua pura.
Así Dios la castigó por su ligereza y vanidad y desde aquel instante se convirtió en la fuente de Tomares.
Pasaron los días, los meses, los años y los siglos y ella seguía llorando. De día era fuente caudalosa y de noche, cuando nadie la veía, se transformaba de nuevo en dama enamorada, hasta que la aurora llegaba y en fontanal devenía.
En ciertas noches, la gente del pueblo suelen oir, en la lejanía, los lamentos de la doncella de la fuente quejándose, arrepentida, por la muerte de su amado.»
El otro día, estábamos en la plaza del Ayuntamiento sentados al lado de la fuente. Una amiga que conoce la leyenda nos dijo:
- Estoy segura de que el espectro que sale en la fotografía que se sacó en el programa de televisión es la Doncella de la Fuente, cuya alma en pena vaga por los pasillos del Conde lamentándose desconsolada por el asesinato que cometieron contra ella cuando construyeron el tanque de tormentas.
Yo, mirando los grifos secos de la fuente y el pilar lleno de botellas de plástico y cascos de cerveza le dije:
- Pozí.
Esta leyenda popular inspiró a José Fernández Espino a escribir su extenso poema «La fuente de Tomares – Metamorfosis» publicado en la obra «Colección de poesías selectas» Juan José Bueno. Sevilla. 1861.1
Al pie de la página dejamos el enlace de la página web donde se puede consultar esta obra.

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