A lo que los políticos llaman ahora Parque Empresarial del
Zaudín, nosotros los autóctonos, lo conocemos por la «haza
de la Victoria» y más al sur,
a los terrenos que se encuentran tras el tanatorio «Luz
del Zaudín»
—Zaudín
hasta en la sopa— los
llamamos «Sobuerba
del Carmen».
Al otro lado de la linde del término de San Juan
se hallan «Sobuerba
de Cavaleri»
o «Cavaleri» a secas, y
lindando con Separta —Cepa
Alta para los nuevos pobladores—,
«Sobuerba de Cartuja».
Un
día relataremos el trauma que supuso para nuestros abuelos —los
de los autóctonos, se
entiende—, la amputación
dolorosa de aquella parte tan íntimamente unida a nuestra población
que fue adjudicada a San Juan de Aznalfarache, como si le hubiera
tocado en una tómbola, allá
por 1891 cuando
ambos pueblos se separaron.
—¿A
qué viene tanto Sobuerba?
—Pues
a la historia que vamos a contar.
Todo
comienza a mediados del siglo XII, en la época en la que Ricardo
Corazón de León batallaba contra Saladino en Tierra Santa o aquí,
los almohades le daban para el pelo a los reinos cristianos del
norte.
Vivía
en Sevilla un joven llamado Abenarabí o si se quiere en
transliteración del árabe: Abū
ʿAbd Allāh Muḥammad ibn ʿAlī ibn Muḥammad ibnʿArabī
al-Ḥātimī aṭ-Ṭāʾī.
Aunque
había nacido en Murcia, se trasladó a Sevilla cuando tenía ocho
años de edad y desde muy joven se interesó por
la
filosofía, la
mística sufí y la poesía. Cuando se formó intelectualmente, se
trasladó a vivir a Damasco, la capital del mundo árabe en aquella
época, donde tras
una fructífera vida dedicada al estudio y la enseñanza,
murió ocho años antes de que San Fernando conquistara Tomares para
los cristianos. En aquella ciudad se convirtió en un sabio al que
sus contemporáneos llamaron El
vivificador de la religión
y El
más grande de los maestros.
Uno
de sus obras más importantes es Epístola
de las luces «Risālat al-anwār». En
ese extenso volumen filosófico
y religioso,
dedica un capítulo a sus maestros de espíritu que influyeron
especialmente en su juventud. Y entre ellos figura un paisano
nuestro, Abulhachach
Yúsuf el de Suburbal,
que tenía su santuario en un lugar indeterminado de los parajes
antes descritos.
«En
la obra de Ibn ‘Arabi se refleja claramente cómo Šuburbal no era
una alquería
ordinaria, sino un lugar al que acudían tanto iniciados en la vía
sufí como otros maestros, y peregrinos que deseaban ser irradiados
de la santidad del
šayj
e incluso ser curados de alguna enfermedad o dolencia»1
En
definitiva, un santón musulmán a cuya mezquita peregrinaban gente
de distintos lugares de
la geografía de Al Andalus.
Tras
la conquista castellana, la mezquita y la aldea se intengró en
Tomares.
Tenemos noticias de que en 1305, el cabildo catedralicio, propiedad
de las tierras, arrendó de por vida al alcalde de Sevilla, aquella
mezquita que
estaba en Sobuerba «por
seis maravedíes anuales, que valían diez dineros cada uno»2
Todavía
en 1628, figura en el plano de Obando, mandado hacer por el ínclito
conde-duque de Olivares, la alquería de Sobuerba, que años antes,
en el censo de los millones realizado en tiempos de Felipe II,
figuraba
con dos casas.3
He
aquí, a continuación, como el insigne arabista don Miguel Asín
Palacios4
tradujo el capítulo dedicado a tan ilustre maestro:
«Abulhachach
Yúsuf el de Subárbol.—
"Era
de Subárbol, pueblo sito en el Aljarafe a dos parasangas de Sevilla,
y ordinariamente vivía en el campo. Fue
discípulo de Abuabdala b. Almocháhid y vivía del trabajo de sus
manos, Entró en el camino de la perfección antes de la pubertad y
en él siguió hasta su muerte. Ben Almocháhid, príncipe de este
método de vida espiritual en nuestro país, acostumbraba a decir.
"Encomendaos a las oraciones de Abulhachach el de Subárbol."
Esto me lo contó el mismo Abulhachach, que además me refirió de su
maestro lo siguiente: "Acostumbraba yo a visitar
a Ben Almocháhid, mi maestro de espíritu, todos los viernes, aunque
a él le molestaba que lo visitase en esos días. Visítelo, pues,
según mi costumbre, un viernes y me lo encontré que estaba
trabajando de albañil
para reparar una pared de la casa en que vivía, la cual se había
caído, y él la reconstruía para poner a su familia a cubierto de
la intemperie. Le saludé y él me dijo: "Contra tu costumbre,
hoy que es jueves has venido, Abulhachach." Yo le repliqué:
"Nada de eso. Hoy es viernes." El entonces comenzó a
golpear una
mano con la otra y a gritar: ";Ay, qué desgracia, Dios mío!
Cierto que la obra que he hecho era de necesidad imprescindible! Pero
y ¿si hubiera seguido trabajando?" Y diciendo esto, gemía y
lloraba lamentándose de haber perdido el tiempo."
Cuando Abulhachach me refería este suceso, lloraba también y decía:
"¡Así son los hombres de Dios! Se lamentan de perder en
contados instantes el don de la presencia divina." "Este
maestro, Abulhachach, fué hombre de gran santidad; nunca dejó de
ganarse el qué comer con el trabajo de sus manos, hasta que la
debilidad de
sus fuerzas le impidió trabajar y tuvo que comenzar a vivir de
limosna. Entonces cuando por lo avanzado de su edad le era ya difícil
y molesto hasta el moverse, lloraba y me decía: "¡Ah, hijito
mío! Dios me ha otorgado el favor de que las gentes vengan a
visitarme a mi casa, pero con ello me expone al
peligro de caer en tentaciones de vanidad. Porque ¿quién soy yo?
¡Ojalá estuviese sano! ¡ Bien desearía encontrar en mí fuerzas
bastantes para ser
yo quien fuese a visitarles a sus casas y que no tuviesen ellos que
venir a la mía!" “'Era compasivo para con todo el mundo.
Cuando entraban a su casa los agentes del gobierno,
me decía: ":Oh hijito mío, estos son los coadjutores del
derecho, los que se preocupan de los medios de vida indispensables a
todo el mundo; por. eso es preciso que todos los hombres se preocupen
también de encomendarlos a Dios en sus oraciones pidiéndole que les
ayude para que por su ministerio la justicia reine." El sultán
se aconsejaba de él.'' '''Jamás entró a su casa nadie sin que le
ofreciese lo que él tuviera para comer (caso de que lo tuviese), y
esto tanto si eran muchos como sí eran pocos los
que entraban; y lo mismo sí la comida era abundante que si era
escasa, jamás dejaba de sacarles la que tenía para sí. Yo mismo lo
vi en ocasión en que penetró en su. casa un grupo de personas y me
dijo: "¡Hijito mío, bájales el canastillo!''' Yo lo bajé,
pero no encontré en él mas que un puñado de garbanzos tostados,
que puse delante de ellos y se los comieron.'"' "En él
observé muchas bendiciones o favores del cielo; una de ellas era que
andaba sobre las aguas," "Tenía en su casa, en el pueblo,
un pozo, del que sacaba el agua para hacer sus abluciones. Junto a
ese pozo vimos un olivo que se había hecho ya muy alto, lleno de
hojas y fruto;
y que era de corpulento tronco. Un condiscípulo mío le dijo
: "Señor, ¿por qué plantaste este olivo en este sitio,
estorbando al pozo?'' El se volvió hacia nosotros, y con la espalda
encorvada ya por su avanzada edad, miró hacia allí y dijo : "Me
he criado en esta casa desde mi niñez y por Dios aseguro que jamás
había visto este olivo hasta ahora." Y era de esta condición,
porque andaba siempre absorto en la contemplación de su propia
alma.'" "Jamás entré a su casa, ni yo ni nadie, sin
encontrarlo siempre leyendo en el Alcorán. No tomó nunca en sus
manos otro libro que éste hasta que murió.'"' "Tenía una
gata negra, que nadie podía cogerla ni siquiera ponerle la mano
encima, pero que dormía en su regazo. El me decía: ''Dios me ha
dado en esta gata un medio para distinguir a los amigos de Dios. Ese
prurito que en ella ves de huir, no es cosa casual, puesto que Dios
le ha dado también el instinto de mostrarse afable con los santos."
Y en efecto, yo la vi con mis propios ojos varias veces en su casa,
que entraba un hombre y rozábale con la cabeza en las piernas y se
pegaba a él; en cambio, entraba otro y huía de
él. Entró, en cierta ocasión, a visitarlo por vez primera nuestro
primer maestro, quiero decir, Abucháfar, el que he mencionado en
primer lugar. La gata estaba metida en la última habitación de la
casa y salió, lo miró antes de que se sentase, y mientras el
maestro Abulhachach le decía: "Siéntate", dio la gata un
salto, y echándose al pecho del maestro Albucháfar,
abrió sus patas delanteras, se abrazó a su cuello y comenzó a
pasar y repasar su cara por las barbas del maestro. Levantóse
Abulhachach para hacerle sentar y no le dijo palabra de aquello; pero
después Abulhachach me explicó que aquello no se lo había visto
hacer jamás a la gata con ninguna otra persona. Y no dejó de estar
así, pegada al maestro Abucháfar, hasta que éste salió de la casa
de Abulhachach." "Estando yo en su casa en compañía de
varias personas, entró a visitarlo un hombre aquejado de tan fuerte
dolor en los ojos, que le hacía lanzar gritos como los de la mujer
que está de parto. Penetró, pues, el hombre por entre la gente (que
estaba apenadísima oyendo sus gritos). Al maestro se le demudó la
color y temblando de compasión, extendió su mano bendita y la puso
sobre los ojos del enfermo. Instantáneamente se le calmó el dolor y
cayó de costado al suelo como si se hubiera
muerto; pero luego se levantó y salió de allí en compañía de
toda la gente, sin tener ya dolor alguno. Hízose luego discípulo
suyo y fué muy virtuoso y de los que creen en los genios. Siempre ya
anduvo al lado del maestro, sin abandonar nunca su compañía."
" Entré
cierto día a su casa con mi maestro Abumohámed y le dije: ¡Oh
señor nuestro!
Este es
de los discípulos de Abuimedín." Sonrió el maestro y dijo:
''Cosa más maravillosa ! Ayer mismo estuvo aquí en casa Abumedín.
Excelente maestro de espíritu es, en verdad!
" Y Abumedín entonces estaba en Bugía, es decir, a distancia
de cuarenta y cinco días de camino! Fué, pues, aquello un fenómeno
de mutua revelación sobrenatural entre ambos (como también a mí me
ocurrió muchas veces con Abuyacub) puesto que Abumedín hacía
tiempo que no se movía." “D e los hechos de este maestro que
yo ví con mis propios ojos, todavía recuerdo otras
muchas noticias que sería prolijo consignar en esta rápida
improvisación. Y lo mismo digo de todos los otros maestros que he de
mencionar, pues lo que de ellos cuento únicamente es para demostrar
que la época actual no está falta de hombres de Dios."»
1
«Sobre
la localización geográfica de la qarya andalusí de Sobuerva
(Šuburbal) y otras cuestiones»
Varios autores de la Universidad de Sevilla. Revista “Al Qantara”
XXXV 1, enero-junio 2014 pp. 95-125 ISSN 0211-3589
2
ACS, FHG, leg. 51. num. 2. Pergamino de una hoja. «El
Aljarafe. Catálogo documental e hisoriográfico»
Antonio Herrera García. Diputación de Sevilla. 2014. Pag. 388.
3
«Consumo y fiscalidad en
el Reino de Sevilla. El Servicio de Millones en el siglo XVII»
Antonio Herrera García. Diputación de Sevilla. 1980. Pag. 98.
4
«El
místico murciano Abenarabí».
Miguel Así Palacios.
Boletín de la Real
Academia de la Historia, tomo 88, año 1926. Cuaderno I.
Enero-marzo,
1926. Págs. 547 y ss.
La foto que figura en el encabezamiento de este artículo es la de una mezquita situada en un oasis de Marruecos y el grabado es el de un santón musulmán del siglo XIX.

