domingo, 29 de septiembre de 2019

Un venerable santuario musulmán enterrado entre el hoyo 5, la estación del metro del Barrio Alto y el Instituto de Estudios Cajasol.


A lo que los políticos llaman ahora Parque Empresarial del Zaudín, nosotros los autóctonos, lo conocemos por la «haza de la Victoria» y más al sur, a los terrenos que se encuentran tras el tanatorio «Luz del Zaudín» —Zaudín hasta en la sopa— los llamamos «Sobuerba del Carmen». Al otro lado de la linde del término de San Juan se hallan «Sobuerba de Cavaleri» o «Cavaleri» a secas, y lindando con Separta —Cepa Alta para los nuevos pobladores—, «Sobuerba de Cartuja».

Un día relataremos el trauma que supuso para nuestros abuelos —los de los autóctonos, se entiende—, la amputación dolorosa de aquella parte tan íntimamente unida a nuestra población que fue adjudicada a San Juan de Aznalfarache, como si le hubiera tocado en una tómbola, allá por 1891 cuando ambos pueblos se separaron.

—¿A qué viene tanto Sobuerba?

—Pues a la historia que vamos a contar.

Todo comienza a mediados del siglo XII, en la época en la que Ricardo Corazón de León batallaba contra Saladino en Tierra Santa o aquí, los almohades le daban para el pelo a los reinos cristianos del norte.

Vivía en Sevilla un joven llamado Abenarabí o si se quiere en transliteración del árabe: Abū ʿAbd Allāh Muḥammad ibn ʿAlī ibn Muḥammad ibnʿArabī al-Ḥātimī aṭ-Ṭāʾī.

Aunque había nacido en Murcia, se trasladó a Sevilla cuando tenía ocho años de edad y desde muy joven se interesó por la filosofía, la mística sufí y la poesía. Cuando se formó intelectualmente, se trasladó a vivir a Damasco, la capital del mundo árabe en aquella época, donde tras una fructífera vida dedicada al estudio y la enseñanza, murió ocho años antes de que San Fernando conquistara Tomares para los cristianos. En aquella ciudad se convirtió en un sabio al que sus contemporáneos llamaron El vivificador de la religión y El más grande de los maestros.

Uno de sus obras más importantes es Epístola de las luces «Risālat al-anwār». En ese extenso volumen filosófico y religioso, dedica un capítulo a sus maestros de espíritu que influyeron especialmente en su juventud. Y entre ellos figura un paisano nuestro, Abulhachach Yúsuf el de Suburbal, que tenía su santuario en un lugar indeterminado de los parajes antes descritos. 
 

«En la obra de Ibn ‘Arabi se refleja claramente cómo Šuburbal no era una alquería ordinaria, sino un lugar al que acudían tanto iniciados en la vía sufí como otros maestros, y peregrinos que deseaban ser irradiados de la santidad del šayj e incluso ser curados de alguna enfermedad o dolencia»1 En definitiva, un santón musulmán a cuya mezquita peregrinaban gente de distintos lugares de la geografía de Al Andalus.

Tras la conquista castellana, la mezquita y la aldea se intengró en Tomares. Tenemos noticias de que en 1305, el cabildo catedralicio, propiedad de las tierras, arrendó de por vida al alcalde de Sevilla, aquella mezquita que estaba en Sobuerba «por seis maravedíes anuales, que valían diez dineros cada uno»2

Todavía en 1628, figura en el plano de Obando, mandado hacer por el ínclito conde-duque de Olivares, la alquería de Sobuerba, que años antes, en el censo de los millones realizado en tiempos de Felipe II, figuraba con dos casas.3

He aquí, a continuación, como el insigne arabista don Miguel Asín Palacios4 tradujo el capítulo dedicado a tan ilustre maestro:

«Abulhachach Yúsuf el de Subárbol. "Era de Subárbol, pueblo sito en el Aljarafe a dos parasangas de Sevilla, y ordinariamente vivía en el campo. Fue discípulo de Abuabdala b. Almocháhid y vivía del trabajo de sus manos, Entró en el camino de la perfección antes de la pubertad y en él siguió hasta su muerte. Ben Almocháhid, príncipe de este método de vida espiritual en nuestro país, acostumbraba a decir. "Encomendaos a las oraciones de Abulhachach el de Subárbol." Esto me lo contó el mismo Abulhachach, que además me refirió de su maestro lo siguiente: "Acostumbraba yo a visitar a Ben Almocháhid, mi maestro de espíritu, todos los viernes, aunque a él le molestaba que lo visitase en esos días. Visítelo, pues, según mi costumbre, un viernes y me lo encontré que estaba trabajando de albañil para reparar una pared de la casa en que vivía, la cual se había caído, y él la reconstruía para poner a su familia a cubierto de la intemperie. Le saludé y él me dijo: "Contra tu costumbre, hoy que es jueves has venido, Abulhachach." Yo le repliqué: "Nada de eso. Hoy es viernes." El entonces comenzó a golpear una mano con la otra y a gritar: ";Ay, qué desgracia, Dios mío! Cierto que la obra que he hecho era de necesidad imprescindible! Pero y ¿si hubiera seguido trabajando?" Y diciendo esto, gemía y lloraba lamentándose de haber perdido el tiempo." Cuando Abulhachach me refería este suceso, lloraba también y decía: "¡Así son los hombres de Dios! Se lamentan de perder en contados instantes el don de la presencia divina." "Este maestro, Abulhachach, fué hombre de gran santidad; nunca dejó de ganarse el qué comer con el trabajo de sus manos, hasta que la debilidad de sus fuerzas le impidió trabajar y tuvo que comenzar a vivir de limosna. Entonces cuando por lo avanzado de su edad le era ya difícil y molesto hasta el moverse, lloraba y me decía: "¡Ah, hijito mío! Dios me ha otorgado el favor de que las gentes vengan a visitarme a mi casa, pero con ello me expone al peligro de caer en tentaciones de vanidad. Porque ¿quién soy yo? ¡Ojalá estuviese sano! ¡ Bien desearía encontrar en mí fuerzas bastantes para ser yo quien fuese a visitarles a sus casas y que no tuviesen ellos que venir a la mía!" “'Era compasivo para con todo el mundo. Cuando entraban a su casa los agentes del gobierno, me decía: ":Oh hijito mío, estos son los coadjutores del derecho, los que se preocupan de los medios de vida indispensables a todo el mundo; por. eso es preciso que todos los hombres se preocupen también de encomendarlos a Dios en sus oraciones pidiéndole que les ayude para que por su ministerio la justicia reine." El sultán se aconsejaba de él.'' '''Jamás entró a su casa nadie sin que le ofreciese lo que él tuviera para comer (caso de que lo tuviese), y esto tanto si eran muchos como sí eran pocos los que entraban; y lo mismo sí la comida era abundante que si era escasa, jamás dejaba de sacarles la que tenía para sí. Yo mismo lo vi en ocasión en que penetró en su. casa un grupo de personas y me dijo: "¡Hijito mío, bájales el canastillo!''' Yo lo bajé, pero no encontré en él mas que un puñado de garbanzos tostados, que puse delante de ellos y se los comieron.'"' "En él observé muchas bendiciones o favores del cielo; una de ellas era que andaba sobre las aguas," "Tenía en su casa, en el pueblo, un pozo, del que sacaba el agua para hacer sus abluciones. Junto a ese pozo vimos un olivo que se había hecho ya muy alto, lleno de hojas y fruto; y que era de corpulento tronco. Un condiscípulo mío le dijo : "Señor, ¿por qué plantaste este olivo en este sitio, estorbando al pozo?'' El se volvió hacia nosotros, y con la espalda encorvada ya por su avanzada edad, miró hacia allí y dijo : "Me he criado en esta casa desde mi niñez y por Dios aseguro que jamás había visto este olivo hasta ahora." Y era de esta condición, porque andaba siempre absorto en la contemplación de su propia alma.'" "Jamás entré a su casa, ni yo ni nadie, sin encontrarlo siempre leyendo en el Alcorán. No tomó nunca en sus manos otro libro que éste hasta que murió.'"' "Tenía una gata negra, que nadie podía cogerla ni siquiera ponerle la mano encima, pero que dormía en su regazo. El me decía: ''Dios me ha dado en esta gata un medio para distinguir a los amigos de Dios. Ese prurito que en ella ves de huir, no es cosa casual, puesto que Dios le ha dado también el instinto de mostrarse afable con los santos." Y en efecto, yo la vi con mis propios ojos varias veces en su casa, que entraba un hombre y rozábale con la cabeza en las piernas y se pegaba a él; en cambio, entraba otro y huía de él. Entró, en cierta ocasión, a visitarlo por vez primera nuestro primer maestro, quiero decir, Abucháfar, el que he mencionado en primer lugar. La gata estaba metida en la última habitación de la casa y salió, lo miró antes de que se sentase, y mientras el maestro Abulhachach le decía: "Siéntate", dio la gata un salto, y echándose al pecho del maestro Albucháfar, abrió sus patas delanteras, se abrazó a su cuello y comenzó a pasar y repasar su cara por las barbas del maestro. Levantóse Abulhachach para hacerle sentar y no le dijo palabra de aquello; pero después Abulhachach me explicó que aquello no se lo había visto hacer jamás a la gata con ninguna otra persona. Y no dejó de estar así, pegada al maestro Abucháfar, hasta que éste salió de la casa de Abulhachach." "Estando yo en su casa en compañía de varias personas, entró a visitarlo un hombre aquejado de tan fuerte dolor en los ojos, que le hacía lanzar gritos como los de la mujer que está de parto. Penetró, pues, el hombre por entre la gente (que estaba apenadísima oyendo sus gritos). Al maestro se le demudó la color y temblando de compasión, extendió su mano bendita y la puso sobre los ojos del enfermo. Instantáneamente se le calmó el dolor y cayó de costado al suelo como si se hubiera muerto; pero luego se levantó y salió de allí en compañía de toda la gente, sin tener ya dolor alguno. Hízose luego discípulo suyo y fué muy virtuoso y de los que creen en los genios. Siempre ya anduvo al lado del maestro, sin abandonar nunca su compañía." " Entré cierto día a su casa con mi maestro Abumohámed y le dije: ¡Oh señor nuestro! Este es de los discípulos de Abuimedín." Sonrió el maestro y dijo: ''Cosa más maravillosa ! Ayer mismo estuvo aquí en casa Abumedín. Excelente maestro de espíritu es, en verdad! " Y Abumedín entonces estaba en Bugía, es decir, a distancia de cuarenta y cinco días de camino! Fué, pues, aquello un fenómeno de mutua revelación sobrenatural entre ambos (como también a mí me ocurrió muchas veces con Abuyacub) puesto que Abumedín hacía tiempo que no se movía." “D e los hechos de este maestro que yo ví con mis propios ojos, todavía recuerdo otras muchas noticias que sería prolijo consignar en esta rápida improvisación. Y lo mismo digo de todos los otros maestros que he de mencionar, pues lo que de ellos cuento únicamente es para demostrar que la época actual no está falta de hombres de Dios."»


1 «Sobre la localización geográfica de la qarya andalusí de Sobuerva (Šuburbal) y otras cuestiones» Varios autores de la Universidad de Sevilla. Revista “Al Qantara” XXXV 1, enero-junio 2014 pp. 95-125 ISSN 0211-3589

2 ACS, FHG, leg. 51. num. 2. Pergamino de una hoja. «El Aljarafe. Catálogo documental e hisoriográfico» Antonio Herrera García. Diputación de Sevilla. 2014. Pag. 388.

3 «Consumo y fiscalidad en el Reino de Sevilla. El Servicio de Millones en el siglo XVII» Antonio Herrera García. Diputación de Sevilla. 1980. Pag. 98.

4 «El místico murciano Abenarabí». Miguel Así Palacios. Boletín de la Real Academia de la Historia, tomo 88, año 1926. Cuaderno I. Enero-marzo, 1926. Págs. 547 y ss.

La foto que figura en el encabezamiento de este artículo es la de una mezquita situada en un oasis de Marruecos y el grabado es el de un santón musulmán del siglo XIX.

sábado, 28 de septiembre de 2019

A MODO DE INTRODUCCIÓN



Tratar de escribir sobre la historia de Tomares es un trabajo arduo y complicado que no se resuelve fácilmente. Las primeras noticias históricas escritas que se tienen de su nombre datan de mediados del siglo XIII. Los historiadores, para determinar su pasado, se limitan a acudir a las fuentes arqueológicas y escritas de la comarca donde se asienta y a partir de ellas acudir a hipótesis y conjeturas, a veces, poco fiables.
A partir de la Baja Edad Media la tarea no es más fácil. Los pobladores musulmanes son expulsados pocos años después de su ocupación por las tropas castellanas y los intentos repobladores fracasan hasta bien entrado el siglo XIV. La aldea, con sus pocos habitantes, fue reconocida como villa, en aquellos tiempos, y designada como cabeza de la Mitación de San Juan; un municipio que abarcaba toda la vega de Triana y la cornisa del Aljarafe que domina la ciudad de Sevilla, desde el cerro de Santa Brígida que linda con los señoríos de Guzmán y Santiponce hasta la hacienda de Simón Verde en el término de Gelves.
Durante cerca de cuatrocientos años, las fuentes históricas sobre Tomares y su mitación se confunden hasta tal punto que no cabe hablar de uno sin la otra. Durante esa época, por ejemplo, vemos entrar a los alcaldes de Tomares con vara alta para reafirmar su jurisdicción en la calle Castilla de Triana o al escribano de la villa interviniendo en el testamento de Hernán Cortés en la calle Real de Castilleja de la Cuesta.
La tarea no se simplifica tras la desmembración de su mitación por el tercer conde de Olivares en 1627. Tomares y su pedanía, San Juan de Aznalfarache, permanecerán formando una sola entidad municipal hasta finales del siglo XIX. Todos los datos estadísticos y geográficos, de ese período, se refieren al municipio como un conjunto indisociado hasta tal punto que no es extraño encontrar en fuentes de la época afirmaciones tales como que “la fortaleza de Aznalfarache con su convento se hallan en Tomares”.
Si nos limitáramos a escribir sobre la historia del núcleo de la villa, con una población de ciento cuarenta y ocho vecinos (incluidas sus pedanías) en la fecha de la fundación de la hermandad sacramental o de seiscientos ochenta habitantes a principios del siglo XX, formada en su mayoría por campesinos humildes, la tarea se consumaría en unos pocos folios. Otra cosa distinta es narrar los acontecimientos que se vivieron en su circunscripción histórica.
Aquí nos limitaremos a hacer un breve esbozo de determinados aspectos de la historia de la población basándonos en fuentes históricas y bibliográficas sin ningún orden cronológico.

De cuando la prensa de Madrid calificaba a los tomareños de «bárbaros, cafres y beduinos».

  Hoy nos desplazamos al reinado de Isabel II, la tataranbuela del rey Juan Carlos I, concretamente al año 1845; Ram ón María Narváez, apoda...