Hoy nos desplazamos al reinado de Isabel II, la tataranbuela del rey Juan Carlos I, concretamente al año 1845; Ramón María Narváez, apodado el Espadón de Loja por su desmedida afición a los golpes de Estado, ostentaba la presidencia del Gobierno. España, un país subdesarrollado en aquella época, se recuperaba fatigosamente de las secuelas que había dejado la Guerra Carlista y la pobreza y la incuria reinaba en todo el reino. Cuando en Europa se habían construido miles de kilómetros de líneas férreas, todavía no se había construido un solo metro de vía de tren en la península.
Tomares, por su parte, era un villorrio con apenas cuatro calles, setenta casas, y una población de 396 personas. (1) La inmensa mayoría de los noventas y seis cabezas de familia que contaba el pueblo, eran jornaleros que trabajaban en las haciendas olivareras y también algunos obreros de la fundición de planchas y tubos de plomo (2) que se había instalado en el terreno que se supone que hoy es la plaza del Ayuntamiento. (En el Regitro de la Propiedad figura la inscripción de una hipoteca en 1838 de una casa con sus terrenos en la calle de la Fuente sin número a nombre de Juan de Dios Govante, dueño de la referida fundición) (3) Era tan pobre el pueblo que, dos años después, el cura párroco tuvo que abandonar su feligresía y renunciar a su destino por la tardanza que experimentaba en recibir su renta. (4)
Al igual que en el resto del mundo, el trabajo infantil era una gran fuente de mano de obra barata y manejable, así que la escuela municipal permanecía casi vacía la mayor parte del año y aún así, el maestro apenas podía subsistir con los 2.200 reales anuales que le pagaba el municipio (1), algo así como una peseta y media diaria. Con esos emolumentos, que incluía el pago del mantenimiento del edificio, debía dedicarse a otros menesteres para poder completar su salario, por lo que, con esa carencia de formación y educación, no nos ha de extrañar que nuestros antepasados, como en los demás pueblos meridionales, fueran unos perfectos ignorantes, con una dura vida que apenas podían soportar, embrutecidos por el alcohol y repletos de supersticiones, a pesar de que se hallaban a solo tres cuartos de hora andando de la tercera ciudad más importante del reino de España.
Sevilla, en aquella época, comenzaba a despertar del largo letargo que sufría a raíz del traslado a Cádiz de la Casa de Contratación a comienzos del siglo XVIII. El descubrimiento de la máquina de vapor supuso para el puerto un nuevo impulso que se materializó con la creación de la Real Compañía de Navegación del Guadalquivir en 1815, propietaria de los vapores “Real Fernando” “Reina Isabel” e “Infante Don Carlos” que acortaban el tiempo de travesía por el río a la mitad, facilitando el comercio y la salida de los productos elaborados por la industria alimentaria de las provincias limítrofes.
Nuevos habitantes se avencidaron en la ciudad al reclamo de este incipiente auge económico, entre ellos Victor Venitien, un gimnasta francés metido a inventor que tiene que ver mucho con esta historia que vamos a contar. Venitien con su esposa Camille se instalaron en Sevilla, después de una corta estancia en Cádiz, tras un largo periplo por diferentes ciudades europeas como gimnasta escénico y boxeador de una compañía circense de París. (5) Aquí prosperó, instalando varios gimnasios deportivos muy estimados por el público sevillano y además, llevado por sus inquietudes científicas, trabajó en la invención de un motor eléctrico que se supone funcionaría en movimiento continuo y se interesó por el vuelo de los globos aerostáticos.
Llevado por ese nuevo aliciente, conoció a su compatriota Adolphe Saulnier e idearon un espectáculo científico-taurino-circense que se desarrollaría en la plaza de toros de Sevilla el 13 de julio de 1845. La función consistía en la ascensión, desde el centro del ruedo, de dos globos aerostáticos pareados bautizados como Pélicano y Fénix, acoplados a una sola barquilla adornada con multitud de banderas y estandartes de todo el mundo. Los artefactos se llenarían de gas en la misma plaza mientras una banda militar amenizaba el espectáculo y se lanzarían globos en forma de elefante para entretener al público que abarrotaría los tendidos. Después de la salida de los globos la representación continuaría con la suelta de dos novillos para que fueran capeados por los aficionados del público. (7)
Solo en dos ocasiones anteriores se habían visto volar globos aerostáticos tripulados en Sevilla. La primera vez en 1796 y la segunda en 1823. En este caso, el globo descendió sin problemas cerca de la Cruz del Campo. (6) Por lo tanto, los más jóvenes de la población sevillana, que eran mayoría, no habían visto un globo en su vida, y en el caso de los pueblos del Aljarafe menos aún.
El espectáculo se desarrolló tal como estaba programado, salvo que en lugar de Victor Venitien, que sufrió una indisposición, subió a la barquilla del globo su esposa Camille Venitien. Los globos, en pocos minutos, se calcula que ascendieron hasta una altura de 4.000 varas (unos tres mil y picos de metros), según la prensa de la época (8), una exageración pues los globos tripulados raramente superan los 1.000 metros, siendo los más habituales entre 300 y 500 metros.
Como el viento era de levante, la señora Venitien con sus globos fue transportada hacia el Aljarafe y aterrizó en un olivar cerca de Tomares. Decía un periódico que «[...] la infeliz mujer al bajar se vio acometida de porción de hombres salvajes que la recibieron a balazos, atravesdando los globos, llegando a insultarla, destrozando los adornos de la barquilla, rompiendo las amarras y quitándole algunos efectos y ropa...» (8). Es más, otro periódico de Madrid insinuaba que, después de recibir el globo, quince o veinte disparos, —nos imaginamos de cartuchos de posta— la aeronauta podía haber sido forzada pues “ [...] la pobre mujer no escapó de que la despojasen de una parte de su vestido y aún le causasen algunas heridas leves” (9) El gobernador civil y jefe político, José de Hezeta, confundido y pasmado por la noticia, declaró que esos hechos vergonzosos no quedarían impunes y no cejaría hasta hallar y castigar a los culpables. (7)
La horrible noticia se extendió rápidamente por todo el país y saltó las fronteras de otros países europleos. El periódico “El Heraldo” de Madrid, exclamaba abochornado, que había sido una vergüenza, concluyendo que “[...]esto no quitará que adonde quiera que vayan, digan los aeronautas que nuestro país es una tierra de cafres o de beduinos…”. (9) También el mismo día, el periódico madrileño “El Español” se lamentaba: “ […] ¿Qué irán diciendo de nosotros los extranjeros que tan a menudo ven tales actos de barbarie?”. (10) “El Tiempo” de Madrid, apostillaba que se veían “ […] precisados a cubrirnos el rostro con las manos llenas de vergüenza” al dar la noticia. (8)
Finalmente, en “La Posdata” también de Madrid se decía, en tono jocoso y cómo no, despectivo: “[…] la gente de la tierra de “María Zantízima” [sic] ha recibido a balazos a una pobre mujer que acababa de caer de un globo aerostático. Resabios que ha dejado por allí la sombra del héroe por fuerza”. (7)
Sabemos que, por orden gubernamental, se desplazaron al pueblo agentes de la nueva Guardia Civil, que hacía poco tiempo había sido creada, y fueron detenidas dos personas. No conocemos, sin embargo, de qué se les acusaba ni la pena que les fue impuesta.
Todavía en 1847, a propósito de unos actos vandálicos similares ocurridos en el país vecino, el corresponsal en París del periódico “El Heraldo” informaba que en Francia se recordaban los hechos ocurridos en Tomares dos años antes comparándolos con los sucesos de ese país, añadiendo: “ [...] el pueblo bajo es el mismo en todas partes”. (7)
La sabiduría popular, tan fértil para crear leyendas, romances, fábulas y cuentos basados en hechos reales, permaneció muda en este caso y estos actos se diluyeron en la memoria colectiva hasta desaparecer, de tal manera que, se supone que por vergüenza, no se transmitió oralmente a las generaciones siguientes y, por lo tanto, han permanecidos ocultos hasta el día de hoy.
(1) Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España. Pascual Madoz. 1849. Tomo XV. Pag. 17
(2) Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España. Pascual Madoz. 1849. Tomo XIV. Pag. 391
(3) Gaceta de Madrid. n.º 38. 7 de febrero de 1872. Página 408.
(4) El Católico. n.º 2532. 28 de abril de 1847. Pag. 178
(5) Victor Venitien, un gimnasiarca discípulo de Amorós en Sevilla (1839-1861) Notas para completar la Educación Física en España. Xavier Torrebadella Flix. 2013. Universidad Autónoma de Barcelona.
(6) Memorias de la Real Academia Sevillana de Ciencias. Real Academia Sevillana de Ciencias. 2019. Pag. 210.
(7) Invención y progreso tecnológico en la Sevilla isabelina. (1833-1868). Francisco Javier Almarza Madrera. Tesis doctoral dirigida por la Dra. Mª del Carmen Fernández Albéndiz. Pag. 175 a 180
(8) El Tiempo. Madrid. 22 de Julio de 1845. Pag. 2
(9) El Heraldo. Madrid. 23 de Julio de 1845. Pag. 3
(10) El Español. Madrid. Núm. 333. 22 de Julio de 1845. Pag. 2



